23/01/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“La revancha nunca es bienvenida. No puede consentirse ese impulso complejo y primario que surge tras sentirse una injusticia, humillación o traición, y que busca restaurar un equilibrio emocional o justicia personal o colectiva, devolviendo el sufrimiento al agresor primario”
Con ocasión del triste final de Sandra el pasado octubre en Sevilla, ya tuvimos ocasión de referirnos a ese tan insignificante como repugnante segmento de la nación que antepone sus ideales a la verdad oficial, la dimanante de investigaciones o procedimientos, arrimando el ascua a la sardina de sus ídolos públicos y desertando de la atención a las víctimas que son las que siempre precisan afecto, especialmente en esos primeros momentos de desdichas tan rayanos al duelo.
Los recientes accidentes ferroviarios, en
especial el de Adamuz (ensalzable comportamiento el de sus vecinos), nos han
mostrado a una despreciable -en calidad y cantidad- parte de la otra España, la
misma que pretende tomarse la “revancha de los muertos” que, regular e
históricamente, le han echado encima a resultas de todas y cada una de las
desdichas sufridas en distintos periodos de gobierno antagónico. Un país
deserta de la libertad cuando sus nacionales, o parte de ellos, abrazan el
pensamiento único, desprecian el propio y se limitan a repetir las consignas
del argumentario diario y en esas estamos.
Al grito de “¡queremos saber!”, las
calles se han inundado en multitud de ocasiones, no con ansia esclarecedora a
la búsqueda de la verdad, sino con una avaricia y grado de violencia vengativos
rayanos en lo criminógeno. A vuelapluma: en 1995, cuando en el pozo asturiano de
San Nicolás se produjo una explosión de grisú que causó 14 muertos
entre los mineros; a los que, al año siguiente en Asturias y León, se sumaron
cuatro mineros más; en 2002 cuando el petrolero Prestige
se partió
e incendió
frente a la costa de Galicia, con gran daño medioambiental; también en 2003 con
el accidente del avión de transporte militar ruso Yakovlev Yak-42 que
trasladaba militares españoles desde Afganistán a España y que se estrelló en
Turquía con el resultado de 62 militares españoles fallecidos; el 11 de marzo
de 2004 en Madrid con el mayor atentado terrorista en suelo europeo, 192
muertos; el accidente del Metro de Valencia de 2006 con 43 fallecidos; el
accidente de julio de 2013 del Alvia en Santiago de Compostela que, pese a
tratarse de una infraestructura acometida en tiempos del inefable Pepiño
Blanco, reportó 79 fallecidos y, por último, la calamitosa dana mediterránea de
octubre de 2024, con desastrosas consecuencias en Castilla-La Mancha, Andalucía
y, especialmente, en Valencia… Y lo que te rondaré, morena.
Este cúmulo de movilizaciones tiene un
principio y coincide con el Pacto del Tinell (el más sectario y dañino
para la estabilidad política española suscrito por el tripartito catalán) que alzó
a ZP a La Moncloa y una continuidad en forma de legado envenenado, asumido por
Sánchez, que pretende desembocar en un abierto desafío entre españoles abusando
de la ominosa arma del “¡y tú más!”.
Nunca antes se había contemplado un retorcimiento tan desmedido de los sentimientos más primarios de los españoles. Nadie, incluida la Justicia, echó los muertos del Gal en el tejado de un gobierno socialista. Nadie manchó las fachadas de los ministerios y consejerías andaluzas con lodos de la balsa de Aznalcóllar, nadie se atrevió a reprimir a los rodeadores del Congreso o del Parlamento Andaluz; nadie culpó penalmente a otros gobiernos socialistas por los descarrilamientos de alvias, o por los aviacos y spanaires estrellados, o por las consecuencias económicas y vitales de apagones tercermundistas, o de gravísimos incendios con víctimas mortales en montes sin desbrozar, o por cegar barrancos con resultados desastrosos, o por la gestión de la pandemia que originó los peores resultados de Europa en cifras de fallecidos, o por falconear sin descanso haciendo flaco favor a la contención del cambio climático… Nadie, seguramente porque una ciudadanía sensata y mayoritaria, aunque seguramente de “exigua moralidad” comparado con ellos, es capaz de comprender la trascendencia y las consecuencias de los imponderables que en una sociedad afanosa, moderna y dinámica pueden producirse. Llegará el momento de los tribunales y conoceremos la verdad; ése es el sistema que nos hemos dado, lo otro es barbarie.
El infortunio de Adamuz no puede -no
debe- situar a una sociedad madura a la altura del sectarismo mostrado por
especímenes indeseables. Si bien, los miserables siguen erre que erre (“el PSOE
pide la comparecencia de Antonio Sanz en el parlamento para tratar de dar la
vuelta a la tortilla de las responsabilidades”) en su particular búsqueda de
responsabilidades, ha de quedar claro que la revancha nunca es bienvenida.
No puede consentirse ese impulso complejo y primario que surge tras sentirse
una injusticia, humillación o traición, y que busca restaurar
un equilibrio emocional o justicia personal o colectiva, devolviendo
el sufrimiento al agresor primario.
Todo ello no es óbice para hacer un ejercicio de creatividad mental y pensemos en qué sucedería en estos momentos si el gobierno fuera de diferente signo. Pero no, no todos somos ni podemos ser así.
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