04/08/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Mientras Mohamed planifica a
veinte años, Pedro lo hace a veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete
votos…!”
Dice un buen amigo, militar de alto
rango, que existe una máxima en estrategia que rara vez falla: los Estados
ponen a prueba la determinación de sus vecinos cuando perciben vacilación y
debilidad. Contrariamente, suelen ser más cautos cuando reciben una respuesta
firme e inesperada.
Marruecos ya tuvo ocasión de aprender de
lo último en julio de 2002. La ocupación del islote de Perejil por efectivos
marroquíes fue respondida de inmediato por el Gobierno de José María Aznar con
la Operación Romeo-Sierra, una intervención tan jocosamente criticada
por la progresía como rápida y precisa, tanto que restituyó la soberanía
española sobre el islote en cuestión de horas. Más allá del debate político o
del chiste fácil que siempre acompañó aquella decisión, el mensaje estratégico
fue inequívoco: determinadas líneas no pueden cruzarse sin una respuesta
inmediata. Aquella crisis terminó tan deprisa como había comenzado,
sencilla y llanamente porque el morador del Palacio Real de Rabat comprobó que,
frente a él, había un Ejecutivo dispuesto a asumir el coste político de
defender los intereses nacionales.
No deja de ser significativo que, casi un
cuarto de siglo después, el contraste sea tan acusado. Donde entonces se
proyectó determinación, hoy muchos perciben cautela, mesura y aprensión; donde
antes se disuadió, ahora se incita a la embestida.
Hay países que invierten miles de
millones en inteligencia para detectar los momentos de debilidad de su
adversario. Marruecos, además de gastar más, ahorra con tan solo echar un
vistazo ahora a La Moncloa y antes a El Pardo: en 1975, Hassan II, mientras
Franco agonizaba, observó un magnífico momento para organizar la Marcha Verde.
Y acertó de lleno. Porque cuando un jefe de Estado percibe que el vecino está
más pendiente de su propia supervivencia -física o política- que de defender
sus intereses, las oportunidades aparecen solas.
Cincuenta y un años después, casi puede
imaginarse a los estrategas de la milicia marroquí reuniéndose la pasada semana
alrededor de un mapa, mientras visualizaban videos de las sabinianas
saunas, donde uno pregunta: “¿Cómo andan hoy los españoles?”. Y alguien
responde: “Tranquilos, como casi siempre, bastante entretenidos consigo
mismos”. Fin de la reunión.
La diferencia entre 1975 y 2026 es
puramente antropológica. Entonces el problema era que el jefe del Estado se
moría. Ahora quien atraviesa una lánguida agonía es un proyecto político
personalísimo diseñado al margen de la nación, dispuesto a hacer
equilibrios imposibles para ganar unas semanas más de oxígeno parlamentario.
Y eso, en geopolítica, tiene
consecuencias. Así, mientras España discute sobre su propia crisis, Marruecos
hace exactamente lo que hacen los Estados que defienden sus intereses:
fortalecer los suyos. Mientras Mohamed planifica a veinte años, Pedro lo hace a
veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete votos…!
Marruecos ha demostrado que puede ocupar
Ceuta en horas sin pegar un tiro. Fuentes fiables elevan la cifra de los
invasores sin armas y sin vehículos a 100.000 en algo más de veinticuatro
horas. Imaginen solo la mitad, pertrechados de kalashnikovs y acompañados de
unas docenas de sus casi 5.000 vehículos militares.
El cambio de posición sobre el Sáhara
Occidental de 2022, sin pasar por Las Cortes, se presentó ya como una brillante
operación diplomática destinada a inaugurar una nueva etapa con Rabat: el
principio de una relación idílica, casi una luna de miel perpetua.
Cuatro años después, curiosamente, parece
que las tensiones no han desaparecido, tampoco las coacciones. Y cada episodio
parece exigir nuevas dosis de prudencia, nuevos silencios y nuevas
explicaciones sobre por qué todo va tan magníficamente bien mientras los hechos
se empeñan en estropear el relato. Porque no es discutible que Rabat continúa
marcando el ritmo de una relación que España secunda al segundo siguiente.
Mientras el reino africano considera la política exterior una cuestión de
Estado, el chulo tranviario la ha convertido en una nota de prensa redactada al
albur de la información contenida en teléfonos clonados.
La defensa nacional no consiste
únicamente en tener buenos soldados -que los tenemos- ni excelentes policías y
guardias civiles -que también los tenemos-. Consiste, sobre todo, en que quien
está al frente del Gobierno transmita la imagen cierta de que hay determinadas
líneas que nadie puede cruzar.
Por el contrario, si el mensaje que
recibe el vecino es que todo es negociable salvo permanecer un día más en el
poder, no debería sorprendernos que ese mismo vecino interprete que merece la
pena seguir apretando.
Vista con perspectiva, la enseñanza de la
Marcha Verde nunca fue que Marruecos era extraordinariamente fuerte. Sí fue que
España parecía extraordinariamente débil.
Y esa es la clase de lecciones que
conviene no olvidar, incluso desde el retiro de La Mareta con más guarnición a
estas horas que la ciudad autónoma recién IN-VA-DI-DA.
De
momento Ceuta y Melilla siguen donde siempre. Españolas ayer. Españolas hoy.
¿Españolas mañana?


