martes, 2 de junio de 2026

Jaque al Sevilla FC

 


02/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 “El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee”

 El pasado 24 de mayo (“Sevilla FC: vender es lo fácil; unirse sería el verdadero acto de sevillismo”) tuvimos ocasión de referirnos a la situación por la que pasa el club más laureado del Sur de España: en venta al mejor postor… y abandonado por sus dueños.

Hay algo profundamente enigmático en la tragedia de la institución nervionense: un club gigantesco gestionado como una comunidad de vecinos en guerra permanente. Un equipo con siete Europas League, una afición monumental y una historia que de codearse con los grandes de Europa se ha reducido hoy a una mezcla tóxica de litigios, venganzas personales y balances financieros dignos de una partida de Monopoly jugada por despiadados enemigos en plena madrugada.

El Sevilla vive una crisis deportiva que, con ser enorme, no es lo que más preocupa. Vive algo peor: una crisis moral de identidad generada por las diferencias, contiendas y querellas de sus propietarios mayoritarios.

El dato retrata el disparate con precisión quirúrgica: el capital social del club apenas supera los 6,2 millones de euros (103.467 acciones de sesenta euros de valor nominal cada una de ellas). Algo más de seis millones. Una cifra que en el fútbol moderno no llega para alcanzar la ficha de un lateral mediocre uruguayo con vídeos espectaculares en YouTube y dos rodillas bajo sospecha. Sin embargo, los grandes accionistas -que controlan alrededor del 80 % de la entidad, tras recomprar al alza a miles de pequeños accionistas- continúan en la pretensión de colocar ese porcentaje del club al mejor postor por unos 400 millones de euros, obteniendo, según se ha publicado, una plusvalía cuya cifra se aproxima al resultado de multiplicar el valor de las acciones en origen por 80 (4.800 euros por título), si bien otras fuentes absolutamente fiables limitan el resultado a 3.400 euros por acción, con un coeficiente multiplicador, tampoco despreciable, del 56,66.

No se entiendan estas cuentas a grosso modo como sagradas e inatacables, pues los grandes poseedores, para serlo -salvo una familia sin necesidades en ese aspecto- han invertido cantidades ingentes en créditos para obtener acciones a precio muy superiores al nominal. Circunstancia ésta que también ha dejado su rastro en forma de pignoraciones y embargos en muchos de los títulos presentados a los compradores.

Esto, por tanto, no es una operación financiera. Esto es el pelotazo definitivo para ellos y para toda su prole en unas cuantas generaciones. Es el sueño húmedo del capitalismo casposo: comprar barato, heredar caro, pelearse durante años y, cuando el edificio ha resultado arruinado por las agresiones continuas a sus cimientos de los obligados a su mantenimiento, intentar venderlo como si fuera el Sánchez Pizjuán con vistas a Central Park.

Lo verdaderamente fascinante no es la cifra. Lo absolutamente extraordinario es el milagro político de la miseria humana que ha producido semejante expectativa económica: los mismos grupos accionariales que llevan años atacándose mutuamente y destruyendo al club, descubrieron de repente las virtudes del consenso cuando apareció la posibilidad de llenar sus bolsillos. Ahí sí hubo unidad. Para gestionar el Sevilla, no. Para construir un proyecto sólido, tampoco. Para proteger el prestigio bien ganado del club, menos aún.

Porque el deterioro deportivo no aparece por generación espontánea. Cuando los dirigentes convierten el club en un campo de batalla societario, la decadencia termina bajando al césped. Se cobra de diez por malgestionar, se despide mal, se ficha peor, se improvisa constantemente y se transmite una imagen institucional impropia de una entidad que hace menos de un lustro levantaba títulos continentales con una naturalidad insultante.

El sevillista, mientras tanto, contempla la situación atrapado entre la rabia y la impotencia. Porque la afición sí ha entendido algo elemental desde antes de su conversión en sociedad anónima: el Sevilla no puede ser un simple activo financiero. No es una promotora inmobiliaria ni una empresa tecnológica esperando una oferta de compra. Es una institución más que centenaria sostenida emocionalmente por cientos de miles de personas que han heredado el sentimiento como se hereda un apellido y a la que los actuales dirigentes le han dado jaque en su demencial partida ajedrecista.

Porque la famosa operación de venta, que algunos daban casi por hecha, ha desembocado en una ruptura absoluta, tras ir mostrando síntomas constantes de desinflarse. Y se ha llegado aquí tal vez porque los posibles compradores han descubierto algo obvio: no basta con adquirir acciones, que parece ser lo único importante para la mayoritaria; más necesario aún es inflar las arcas para la supervivencia más inmediata. Sin olvidar que también han debido sentir en el cogote la dificultad de la parte sentimental de la que nadie habla y que en el Sevilla FC es historia por sí sola: la herencia de un clima irrespirable, de una estructura enfrentada y de una afición agotada de promesas incumplidas, pero extraordinariamente temible cuando de defender su escudo se trata.

Para los propietarios actuales -¡sálvese quien pueda!- el club parece haberse convertido únicamente en una cifra. Y, de momento, tanta ambición no les ha salido bien, tanto que Sergio Ramos, cabeza visible de los ofertantes, anuncia para hoy una rueda de prensa en la que pretende dejar títere sin cabeza, tras conocer de cerca las ansias de euros y la abulia por la gestión de los actuales mandatarios.

El problema no es solo económico. El problema es la ausencia absoluta de grandeza de los dirigentes actuales que lo único que han evidenciado es que, tras años de riñas tabernarias, se han puesto de acuerdo para pegar el pelotazo en cinco minutos. Y tras el portazo inversor, continúan mostrándose incapaces de apartar cuitas personales para realizar un nuevo Gran Pacto por el Sevilla, lo que sigue pareciendo imposible cuando todos parecen tener en la mirada el símbolo del dólar al estilo del Tío Gilito.

Llegado a este punto, podría esperarse un gesto mínimo de responsabilidad histórica. Aparcar demandas. Rebajar tensiones. Construir una paz institucional. Pensar en el Sevilla antes que en el paquete accionarial. Actuar como custodios temporales de un patrimonio colectivo y no como corredores de bolsa en una subasta de activos volátiles y acciones especulativas, a la espera de tiempos más sosegados.

Al tiempo, las asociaciones más representativas de la afición pretenden salir al rescate a través de tres medidas tan dignas como -al menos dos de ellas- quiméricas, que resumen en:

1. Reprobación, dimisión y cese del actual Consejo de Administración, convocando una junta general extraordinaria.

2. Consejo de salvación unitario y consensuado.

3. Ampliación de capital con exclusión del derecho de suscripción preferente.

El Sevilla no está actualmente para grandes proclamas al estilo del periodo 1995-1997. Entonces el sevillismo de base, antes de la compra desaforada de acciones, controlaba una parte importante de su capital y sus decisiones se veían reflejadas de alguna manera en los órganos de gobierno del club, lo que sin duda contribuyó a la estabilidad.

El único punto todavía alcanzable, que coincide con este pregón, debiera ser la consecución de lo establecido en el punto 2, pero sin necesidad de una convocatoria extraordinaria de junta general, sencillamente porque en las sociedades anónimas (también en las deportivas) manda el dinero por encima del sentimiento.

Sí serían trascendentes, al estilo de aquel 2 de agosto del que el pasado año se cumplieron 30 años, las movilizaciones en la calle, no solo del sevillismo, sino del conjunto de la sociedad que incluye al gobierno local (políticos y autoridades), los empresarios, los medios de comunicación y los líderes sociales o comunitarios, como entonces ocurrió. En definitiva, representantes de corporaciones sevillanas que, ante la gravedad de la situación, sean capaces de apiñar a los que tienen el poder para conseguir esa nueva conjunción de fuerzas en el órgano de gobierno sevillista.

Si no lo conseguimos, el Sevilla seguirá atrapado en la misma guerra de egos donde todos aseguran -aseguramos- amar al club mientras contribuyen -contribuimos- diariamente a empequeñecerlo.

Y esa es quizá la tragedia más dolorosa: en Nervión no falta grandeza deportiva, lo que escasea dramáticamente es grandeza humana en los despachos. El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee.

El Sevilla no está arruinado por falta de historia, ni de masa social, ni de potencial. Está bloqueado por quienes deberían protegerlo y el sevillismo está llamado otra vez a “dejar las cosas en su sitio”.

¿Habrá mate final o esta afición será capaz de revertir la situación en pos de unas tablas que hoy parecen imposibles?

¡Somos el sevillismo… !


lunes, 1 de junio de 2026

Sonsoles, “La Collares” socialista



01/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo


Cambian los gobiernos, cambian los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder


España tiene una habilidad prodigiosa para reciclar comportamientos sin necesidad de reciclar ideas. La moda cambia la vestimenta, las fotos pasan del blanco y negro al filtro de Instagram, pero el poder sigue desarrollando idénticas aficiones: los despachos amplios, los espejos, las moquetas gordas, las adulaciones discretas y, cómo no, las joyas.

Dicen que el pueblo, pero seguramente sería un avispado socialista, quien bautizó a doña Carmen Polo con el sobrenombre de “La Collares”, que en España no hay título nobiliario más definitivo que el que concede el sarcasmo popular. No hacía falta BOE ni marquesado. Para ello, bastó verla lucir la media docena de collares -siempre los mismos- que camuflaba el resto de la bisutería, junto a su sempiterno abrigo de pelo de camello, con esa solemnidad de emperatriz de sacristía que tanto fascinaba al régimen. Ella representaba esa España del “usted no sabe quién soy yo”, aunque todavía no se hubiese inventado la frase, entre otras cosas porque los hermanos Guerra aún eran unos críos y Pablo Iglesias o Irene Montero no estaban ni encargados.

La leyenda -que en España suele ser más precisa que muchos archivos oficiales- aseguraba que las joyerías temblaban cuando doña Carmen aparecía por la puerta. No porque fuera a robar nada, claro; eso habría sido vulgar. El auténtico privilegio consistía -así, en pretérito imperfecto- en que todo el mundo quería regalarle las cosas antes siquiera de que las pidieras.

Décadas después, los españoles creímos haber cambiado de status. Llegó la democracia, prometiendo transparencia, igualdad y modernidad europea; llegaron las chaquetas de pana y las promesas de regeneración. Pero el poder tiene memoria genética. Y, efectivamente, aparecieron nuevas figuras consortes que, sin visitar las joyerías, aseguran poseer herencias repletas de amarillo. Es el caso de doña Sonsoles, esposa de Zapatero, figura siempre discreta, casi silenciosa, como corresponde a la política moderna, la que prefiere la estética de la sencillez estudiada: sonrisa institucional, perfil bajo y joyero alto.


Quienes decían que en la España actual ya no se heredan coronas, que solo se heredan ambientes y deudas, no conocían a Sonsoles, ni a su enamorado cónyuge. ¡No hay quien empate a un socialista en cuestiones del amor!, diría el hoy discípulo de ZP en La Moncloa.

Y es que el hallazgo de un arsenal de alhajas en el despacho del socialista Zapatero en la madrileña calle de Ferraz, frente justo a la sede socialista de la misma calle, ha devuelto a muchos españoles una sensación profundamente familiar: la confirmada sospecha de que el poder cambia de discurso mucho más rápido que de costumbres.

La diferencia entre la Carmen antigua y la Sonsoles contemporánea es solo estética. La primera exhibía collares de perlas; hoy el lujo se disfraza de agenda institucional, de foro internacional, de sostenibilidad, de networking y de palabras en inglés que sirven para que nadie entienda exactamente quién manda, pero todos sepan quién entra primero. El poder genera una atmósfera donde las puertas se abren solas, los teléfonos se contestan más rápido y la casualidad siempre acaba beneficiando a los mismos, incluso a los que aseguraban que “ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”. ¿Era así o he intercambiado los adverbios?

Antes se besaba la mano. Ahora las nuevas élites se presentan como cercanas, sociales y austeras, aguantan achuchones y besos con aromas de halitosis mientras orbitan alrededor de petroleras, embajadas y centros de decisión capaces de producir joyas suficientes para montar una sucursal de Tiffany.

Lo fascinante es la evolución del discurso. Doña Carmen jamás habría fingido modestia. En aquella época el poder no pedía perdón por existir; desfilaba orgulloso. Hoy, en cambio, la nueva aristocracia política necesita proclamarse humilde mientras abusa del Falcon emocional, se apropia de propiedad intelectual ajena y atiborra las cajas de seguridad con piedras preciosas de muy dudosa procedencia. Ya no basta con tener influencia, hay que tenerla explicando que se usa para luchar contra los privilegios. Es, diríamos, el lujo con conciencia social: el collar ético y progresista, no el casposo de la dictadura.

España continúa asistiendo al espectáculo con su tradicional mezcla de indignación y costumbre. Cambian los gobiernos, cambian los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder.

Ya lo confesó Manu Sánchez, el cómico nazareno, a El Follonero de la televisión, sin aparente sonrojo: “Yo creo en un socialismo de yate y de chalet”, así, en presente de indicativo… y premiado a resultas de tan ilustre proverbio con un joyero en forma de exitoso programa de las 625 líneas de RTVE o, al menos, eso se augura.


lunes, 25 de mayo de 2026

Sevilla FC: vender es lo fácil; unirse sería el verdadero acto de sevillismo

 



25/05/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo 

El gran cáncer del club ha sido -y continúa siendo- la división. El Sevilla de los éxitos ha quedado finalmente atrapado entre “políticas mezquinas” y luchas personales que impiden cualquier proyecto estable

El sevillismo lleva años atrapado en una guerra accionarial que ha desgastado la imagen, el rendimiento deportivo del club y, lo que es peor, la estabilidad, poniendo en grave riesgo su futuro. Hijos contra padres, aliados antiguos convertidos en acérrimos enemigos, fondos extranjeros de quita y pon, juntas de accionistas convertidas en trincheras y una afición tan exhausta como inquebrantable viendo cómo el debate dejó hace tiempo de ser fútbol, títulos y clasificaciones europeas para devenir en espurias luchas por el poder.

Y, sin embargo, en medio de ese escenario irreconciliable, ha ocurrido algo sorprendente para el gran público, no para los conocedores del eterno Sevilla FC: todos han sido capaces de ponerse de acuerdo para vender.

Ese detalle, que podría parecer menor, es en realidad colosal. Porque demuestra que, cuando el dinero aparece sobre la mesa, las diferencias cainitas desaparecen. Familias, amigos y eternos enemigos enfrentados durante años, bloques que no podían compartir ni una caña de cerveza, accionistas incapaces de consensuar una hoja de ruta económica y deportiva… todos han encontrado un punto común para hacer caja.

La pregunta resulta inevitable: si han sido capaces de unirse para vender el Sevilla FC, ¿por qué no vuelven a hacerlo para ponerlo a salvo de especuladores o de ignotos inversores?

La operación impulsada alrededor de Sergio Ramos y el fondo Five Eleven Capital ha sido presentada como la gran solución para el club. Pero cuanto más se conoce, más dudas parecen surgir. Incluso los protagonistas admiten incertidumbres sobre la capacidad financiera real de los potenciales compradores, sobre sus inconsistentes avales, sobre la complejidad jurídica que recae en muchos de los títulos en forma de embargos y pignoraciones de una parte del accionariado, la misma que se entrampó hasta el las cejas para su adquisición.

No había al menos hasta el día de ayer -eso dicen- un comprador inequívocamente sólido, transparente y contrastado que garantice estabilidad institucional y crecimiento deportivo. Lo que existe es una promesa. Y el Sevilla FC no está para promesas.

El club ya ha vivido el experimento del capital extranjero: 777 Partners dejó sospechas, enfrentamientos y una sensación permanente de inseguridad. Las acciones bloqueadas judicialmente en Estados Unidos y los problemas financieros del grupo terminaron convirtiendo aquella alianza en otro factor a sumar a la inestabilidad.

Durante decenios, el discurso de todos los sectores del sevillismo fue el mismo: “el club debe seguir siendo de los sevillistas”. Incluso desde dentro del consejo se rechazaba la entrada de socios sin control claro o modelos especulativos de propiedad. Ahora, sin embargo, conscientes de su incapacidad, parecen haberse impuesto la resignación y la calculadora.

Es cierto que la situación económica es más que delicada. También lo es que el deterioro deportivo ha sido alarmante en los últimos tiempos y que el modelo de gestión se ha agotado. Nadie puede negar esa realidad. Pero precisamente por eso resulta aún más doloroso que quienes han llevado a la institución hasta aquí pretendan hacer borrón y cuenta nueva sin intentar antes un último acuerdo por el propio Sevilla.

Con ser grave, el problema nunca fue únicamente económico. El gran cáncer del club ha sido -y continúa siendo- la división. El Sevilla de los éxitos ha quedado finalmente atrapado entre “políticas mezquinas” y luchas personales que impiden cualquier proyecto estable. Y esa percepción no ha cambiado. El sevillismo ha visto cómo cada facción parecía más preocupada por ganar una votación, incluso rozando la ilegalidad, que por construir un equilibrio perdurable.

Por eso, ante las dudas que ofrecían los inversores, al menos hasta ayer, haría falta hoy un gesto distinto. No un acuerdo para repartirse millones. Un acuerdo para reconstruir el Sevilla FC. Un pacto real entre las grandes familias accionariales. Un compromiso de estabilidad mínima. Una profesionalización de la gestión. Un consejo que piense más en la historia de Nervión -y en el legado de patrimonio, sangre, sudor y lágrimas de cientos de miles de recordados sevillistas- que en el rédito accionarial. Un proyecto económico serio antes de entregar el club a un comprador del que nadie -según cuentan- puede asegurar su solvencia a medio plazo.

Porque vender el Sevilla es irreversible. Y porque cuando un club pierde su identidad institucional, recuperarla cuesta décadas si no se pierde para siempre.

El sevillismo no necesita héroes financieros ni operaciones grandilocuentes. Necesita, como ya ha habido ocasión de disfrutar, de dirigentes capaces de entenderse y de entender que el Sevilla FC es más importante que uno cualquiera de sus accionistas.

Si han sido tan valientes para sentarse todos juntos y firmar una venta, deberían ser todavía más sevillistas para sentarse todos juntos y decidir no vender. Mientras no exista un comprador verdaderamente fiable, solvente y transparente, quizá el mayor acto de sevillismo no sea marcharse, quizá sea quedarse.

Y en éstas… desperté.


sábado, 9 de mayo de 2026

La cortina náutica. Romance

 



Por La Moncloa suspiran

ministros de gesto grave,

que cada martes preguntan

¿qué otros sumarios airaren?

 

Que si un juez pide papeles,

que si un socio ya no vale,

que si el telediario truena

en tambor de carnavales.

 

Pedro asoma a la ventana

con semblante de almirante:

“¿No hay decreto que me tape

este chaparrón constante?”

 

Y en Ferraz van los ujieres

como monjes por el claustro,

contando sentencias y autos

igual que ovejas sin pasto.

 

Uno propone comisiones,

otro sugiere debates,

y un asesor muy nervioso

susurra por los pasillos…

 

¡Hace falta ya una dana

que eclipse todo al instante!;

un meteorito, un ovni,

… o un barco muy inquietante.

 

Y apareció en lontananza,

según cuentan los vigías,

un navío misterioso

de muy incierta mercancía.

 

“Trae hantavirus”, murmuran

tertulianos, tal vez alcaldes,

mientras una España entera

olvida jueces y fraudes.

 

Las cadenas interrumpen

el control parlamentario,

para mostrar en directo

cada olita de escenario.

 

Ya Sánchez, desde cubierta,

argumentario mediante,

brinda tranquilo pensando

cuánto distrae un desastre.

 

Mas el pueblo, viejo zorro,

que ya vio muchos disfraces,

pregunta entre risotadas

Y mañana… “¿nos ofreces…?”

 

Porque en política sociata,

según reza el catecismo,

cuando arrecian los problemas

se tira de fanatismo.

 


Paco Romero


martes, 5 de mayo de 2026

Caldo de pucherazo

 



05/05/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

“El problema es que la propia historia del PSOE en asuntos electorales, heredada del caciquismo de finales del XIX y principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente en bulo cualquier crítica al respecto”

 

El pucherazo consistía -así, en pretérito imperfecto- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de votación, que se guardaban en los “pucheros”, entendidos como las “vasijas de barro o de otros materiales, con asiento pequeño, panza abultada, cuello ancho, una sola asa junto a la boca, y, por extensión, otros tipos de vasija”, tal y como recoge el diccionario de la RAE.

Si reproches e invectivas ha generado la Ley de Memoria Democrática: los nuevos oriundos de la pasada semana, agarrémonos fuerte que las curvas ya se otean en el inmediato horizonte.

La petición de la Fiscalía -informa The Objective- de imputar por presunto fraude electoral (irregularidades en 32 solicitudes de voto por correo en Albaida del Aljarafe durante las municipales de 2019) a Rocío López, teniente de alcalde del municipio y Secretaria de Infancia del PSOE sevillano, ha reavivado un debate incómodo sobre la calidad democrática en España en un momento especialmente sensible. No se trata únicamente de un caso local ni de una cuestión estrictamente judicial: la controversia se inserta en un clima político enrarecido donde confluyen decisiones de gran calado institucional, discursos de deslegitimación preventiva y una creciente desconfianza ciudadana basada en la aversión a los indignos comportamientos que a diario se vienen mostrando, en directo o en diferido, desde las salas del Tribunal Supremo, de la Audiencia Nacional o de la Ramón Rubial en Ferraz.

Según se ha conocido, el Ministerio Público aprecia indicios suficientes para investigar, además de a otros involucrados, a la concejal albaideja por supuestas anomalías vinculadas a procesos electorales. Aunque la presunción de inocencia debe prevalecer, la dimensión política del caso resulta innegable, especialmente por la doble condición de la afectada como cargo municipal y dirigente orgánica en una estructura provincial relevante, la socialista. La reacción de su partido, que ha optado por el silencio, contrasta con la contundencia de la oposición, que ha encontrado en este episodio un argumento más para cuestionar el afecto hacia la legalidad del socialismo patrio.

El contexto en el que emerge este caso es particularmente significativo. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, confirmó recientemente que, hasta el 31 de marzo de 2026, casi dos millones y medio de personas (el proceso sigue abierto) han solicitado la nacionalidad española al amparo de la Ley de Memoria Democrática. Este dato, de enorme impacto demográfico y político, refleja el alcance de una norma que dice buscar -así lo venden- una reparación de agravios históricos pero que también -y no cabe duda de que ése es el principal motivo, conocido ya el trápala muñidor de La Moncloa- tiene implicaciones contemporáneas, especialmente en términos de la pretendida ampliación a la carta del censo electoral o de la teoría del reemplazo como ya ha anunciado la líder podemita, Irene Montero.

Es aquí donde las declaraciones del líder de Vox, Santiago Abascal, adquieren relevancia: su advertencia de que el presidente Pedro Sánchez intentará “robar” las elecciones de 2027 mediante el control de la televisión pública y el CIS no solo eleva el tono del debate, sino que podría introducir, si finalmente no se sustancia, un elemento de deslegitimación anticipada de futuros resultados electorales.

Si bien conviene subrayar que España cuenta con mecanismos robustos de supervisión electoral y con instituciones independientes encargadas de garantizar la transparencia, la percepción ciudadana no siempre se rige por los mismos parámetros que la legalidad formal. En un entorno mediático fragmentado y altamente polarizado, la reiteración de acusaciones -aunque carezcan de respaldo probatorio- tiene efectos duraderos. El problema es que la propia historia del PSOE en tramas electorales, heredada del caciquismo de finales del XIX y principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente en bulo cualquier crítica al respecto.

La combinación de estos factores -un caso judicial que afecta a una dirigente socialista, un aumento significativo de inminentes nuevos ciudadanos españoles y un discurso político que cuestiona la neutralidad institucional- configura un escenario complejo. Por un lado, existe el riesgo de que casos individuales sean instrumentalizados para generalizar sospechas sobre el conjunto del sistema. Por otro, la proliferación de mensajes que ponen en duda, con más o menos pruebas, la limpieza de los procesos electorales puede erosionar la confianza pública, un pilar esencial de cualquier democracia consolidada. Confrontar ambos aspectos debería resultar fácil si la dirección de Ferraz no fuera, como la de La Casa Blanca, un ejemplo de manual de trastorno antisocial de la personalidad.

El caso de Albaida, en este sentido, actúa como catalizador de tensiones preexistentes. Si finalmente se confirma la existencia de ilegalidades (delito electoral), el impacto político será considerable y obligaría -así, en condicional- a una revisión interna en el seno del PSOE, algo que se vislumbra imposible en el lodazal en que ha convertido al histórico partido el enamorado esposo de Begoña.

Aunque el proceso de concesión de nacionalidad sigue unos criterios legales establecidos y no implica automáticamente la incorporación inmediata al cuerpo electoral, sí que estará vigente para los comicios de 2027 con su inscripción en el Registro Civil y el alta en el censo electoral (en el CERA como residentes en el extranjero). La magnitud de las solicitudes y el empacho de Sánchez de agotar la legislatura sin aprobar un solo presupuesto, no deja de ser un poderoso argumento para alimentar sospechas sobre posibles alteraciones del equilibrio político.

Más allá del desenlace judicial, lo relevante es la necesidad de preservar un debate público basado en hechos verificables y no en sospechas generalizadas. La democracia no solo se sustenta en normas e instituciones, sino también en la confianza compartida de que el juego político se desarrolla dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando esa confianza se resquebraja el coste es difícil de revertir. ¡Y en estas andamos!

En los próximos meses, a medida que avance tanto la investigación judicial como el proceso de concesión de nacionalidades y se acerque la convocatoria de las elecciones en 2027 (cerca de tres millones de nuevos compatriotas, distantes un océano, compartirán censo con nosotros), será crucial observar si los actores políticos optan por rebajar la confrontación o, por el contrario, profundizan en una estrategia de polarización. De esa elección dependerá en buena medida la salud del sistema democrático en España.

¿El pucherazo consiste -así, en presente de indicativo- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de votación, que se guardan por decenas en la misma casa? ¿En pucheros o en Correos?