30/07/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Que Paco Salazar, defenestrado
como sucesor de Santos Cerdán por el caso de las braguetas entreabiertas en los
despachos de La Moncloa, se pasee ahora por los consulados de Hispanoamérica,
ha disparado todas las alarmas”
Hay políticos que amenazan. Otros
insinúan. Y luego está Pedro Sánchez, que, además, sibilinamente, avisa.
Ayer se despidió para irse de vacaciones,
lo del fuego ya es cosa de bomberos: “No habrá elecciones anticipadas; la
legislatura llegará hasta el final”. Y, de paso, vayan haciéndose a la idea de
“aceptar el resultado cuando llegue el momento”. Traducido del lenguaje sanchista
al cristiano: “Luego no digáis que no os lo advertí”.
La confianza de este chulo tranviario
resulta admirable. Ni las encuestas, ni los escándalos, ni la corrupción que le
chorrea, ni el desgaste parecen alterar su serenidad. Fueraparte de su
patente psicopatía, parece saber algo que el resto de los españoles todavía desconocemos.
O quizá no: Mientras el Gobierno predica
las bondades democráticas de la conocida como “ley de nietos”, el censo
electoral no deja de engordar con cientos de miles de nuevos españoles
repartidos por toda Latinoamérica (2,4 millones de solicitudes a marzo de este
año). Oficialmente, se trataba de reparar una injusticia histórica que la
hermana del primer alcalde de Atapuerca ha llevado más allá: Sofía Puente firmó
una instrucción en 2022 reinterpretando la Ley de Memoria Democrática para
considerar beneficiarios a descendientes de españoles que no quedan
comprendidos en el texto legal, incluyendo determinados supuestos relativos a
descendientes de emigrantes anteriores a la Guerra Civil.
Qué casualidad que esa reparación llegue
justo antes de unas elecciones desde siempre impepinables para 2027, y éste es
el motivo, en las que cada voto va a decidir ¿en igualdad? quién ocupa La
Moncloa: los moradores de la piel de toro y, entre otros, los que siguen
pensando que Celta de Vigo es una pedanía de Orense.
Pura coincidencia, naturalmente. Porque
pensar que un Gobierno puede tener un interés mezquino en ampliar el electorado
que votará en las próximas generales sería de muy mala fe. Igual que pensar que
un pescador lanza la red porque espera pescar. Que Paco Salazar, defenestrado
como sucesor de Santos Cerdán por el caso de las braguetas entreabiertas en los
despachos de La Moncloa, se pasee ahora por los consulados de Hispanoamérica,
ha disparado todas las alarmas.
Llegado el recuento de las elecciones de
2027, mientras las encuestas les vaticinan mayorías nunca vistas a los que
sueñan plácidamente con heredarle, será el momento de que resuenen las palabras
de ayer de Sánchez en su “Aló, presidente”, antes de quitarse del mundanal
ruido por más de un mes a costa de todos los españoles: “Habrá que aceptar
el resultado de las elecciones”.
Claro, primero se amplía el censo con
cientos de miles de nuevos votantes, después se transmite una seguridad
absoluta sobre el desenlace electoral. Y, finalmente, se pide deportividad
democrática.
Nadie puede afirmar hoy cuál será el
comportamiento electoral de esos nuevos ciudadanos. Pensarlo sería aventurar lo
que nadie sabe. Pero tampoco puede reprocharse que muchos, muy pocos aún, se
hagan preguntas cuando el fruslero de La Moncloa está tan convencido de que el
final de la película ya está escrito.
Quizá por eso conviene quedarse con el
refrán: “Quien avisa no es traidor”, aunque se apellide Sánchez.
Aunque, visto lo visto, a algunos españoles, yo entre ellos, empieza a darles la impresión de que lo de ayer, más que un aviso, es un espóiler.