28/07/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
«Las joyas estaban ahí, haciendo
“¡cucú-cucú!” esperando al único mortal capaz de exclamar el tan esperado
“¡tras!” … y vaya si lo soltó»
El Evangelio de ayer
de San Mateo anunciaba que “el Reino de los Cielos se parece a un negociante
que se dedicaba a buscar perlas finas y, al encontrar una de gran valor, fue a
vender todo lo que tenía y la compró”.
Hay personas que
hacen carrera empezando desde abajo. José Luis Rodríguez Zapatero decidió
innovar: empezó contando nubes y ha terminado contando quilates. Es una
evolución natural de la ya conocida historia socialista: primero se prometen
arcoíris y luego -ya, si eso- se justifica de dónde salen y cómo se embolsican
los diamantes.
Porque, si algo nos
enseñó la entrevista de TVE del pasado jueves, es que la realidad no existe;
existe el relato. Y el relato venía cortejado de masaje relajante, música
ambiental y un entrevistador tan incisivo como una cuchara de plástico. Solo se
echó en falta, antes de entrar en materia, un “¿le acerco una mantita?”.
Ni mención a los
delitos que se le imputan. De momento, presuntamente: tráfico de influencias,
blanqueo de capitales, organización criminal, falsedad documental y
contrabando. Un sugestivo extracto del Libro II del Código Penal. Ni
repreguntas, ni apostillas, sin salirse del guión previamente pactado con
Gertru.
Y ahí siguen sus
defensores -a la cabeza el gobierno, al que le va la vida en forma de
supervivencia- todos coreando, al más puro estilo de Roosevelt, “es un hijo de
puta, pero es nuestro hijo de puta”.
El rescate de Plus
Ultra ocupó la
primera parte y fue zanjado radicalmente, como diría -y dijo- la ministra Diana
Morant “muy valientemente”, porque, si efectivamente intervino, lo hizo solo
con afán de colaborar con gobiernos hermanos y democráticos como Venezuela y
con esa compañía aérea en concreto que en ese momento necesitaba una inyección
de capital… probablemente para un nuevo tren de aterrizaje del único avión de
la compañía. Por supuesto sin él embolsarse comisión alguna y si se la embolsó…
la declaró a la hacienda, faltaría más.
Sobre sus
treintañeras y millonarias hijas, negó que fueran sus testaferros (¿para cuándo el femenino en el
DLE?) o que sirvieran para ocultar patrimonio o para canalizar fondos,
sostuvo que ante el juez instructor justificarán los ingresos recibidos,
presentarán sus trabajos y la documentación correspondiente, reivindicó su
capacidad profesional y que no han sido utilizadas como instrumento suyo,
sin olvidar el impacto personal y familiar que la investigación ha tenido
sobre ellas; todo ello, sin sonrojarse y sin un cálido y sentido recuerdo a
los millones de jóvenes españoles que hacen complicados tetris con su hoja de
Excel para llegar a fin de mes.
Y llegó el momento
estelar: las joyas.
La explicación podría resumirse en una frase que pasará a los anales del
pensamiento contemporáneo: “estaban ahí”. Extraordinario: Newton debió
pensar lo mismo con la manzana que le sirvió para explicar la ley de la
gravitación universal: “estaba ahí”. Arquímedes, antes de salir en pelotas
a la calle gritando “¡eureka!”, haría lo propio con su bañera para enunciar el principio
que lleva su nombre: “estaba ahí”.
Es posible que
llevasen años abandonadas, mugrientas, todos preguntándose cuándo alguien les
daría el cariño que merecían. Hasta que apareció él, un hombre sensible, un
humanista, un servidor público. Las joyas estaban ahí, haciendo “¡cucú-cucú!” esperando
al único mortal capaz de exclamar el tan esperado “¡tras!” … y vaya si lo
soltó. ¡Me lo llevo y pa la saca!
Pero no. Quien
conozca mínimamente al expresidente sabe que jamás pensaría en sí mismo. Si
decidió darles uso sería, sin duda, pensando en el interés general. Quizá
estaba diseñando un plan de Viviendas de Protección Oficial para los más
necesitados. O un programa de economía circular donde los diamantes pasen de
cuello en cuello hasta alcanzar la justicia social.
Porque, como tantas
veces se nos ha explicado, ser socialista consiste en tener poco y estar
dispuesto a compartir mucho. Y, si algún día uno acaba rodeado de objetos
brillantes, siempre cabe la posibilidad de que simplemente estuvieran ahí, esperando
la llegada de un gestor comprometido.
Concluía San Mateo
ayer: “Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los
malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá
llanto y rechinar de dientes”.
Visto con perspectiva,
quizá la auténtica joya no fueran los diamantes ni las esmeraldas. La auténtica
joya fue la entrevista. Porque conseguir una hora de televisión pública sin
despeinarse mientras las preguntas pasan de puntillas alrededor de los asuntos
incómodos es un lujo que ni Tiffany, ni Cartier, ni el mejor joyero del mundo
podrían tasar.
Eternamente
agradecido, Javier, nos vemos en La Séptima con Sarah, naturalmente.