lunes, 6 de julio de 2026

De “¡A las barricadas!” al "¡Hala Madrid!"

 


Hay imágenes que desafían toda lógica. Un vegano inaugurando una cadena de asadores. Un ecologista presumiendo de su colección de todoterrenos de doce cilindros. Un anarquista pidiendo más burocracia. Y, en esa misma categoría de paradojas, aparece el militante de izquierdas, el socialista convencido, el azote del capitalismo... celebrando los goles del Real de Madrid.

Porque una cosa es separar deporte y política y otra muy distinta es hacer desaparecer la realidad agitando la bufanda.

El discurso suele ser impecable de lunes a viernes: hay que combatir los privilegios, redistribuir la riqueza, limitar el poder de las grandes corporaciones, poner freno a los monopolios, defender a los débiles frente a los fuertes y desconfiar de quienes siempre ganan porque juegan con ventaja. Pero llega el sábado y el mismo ciudadano se transforma. Guarda el manifiesto, se enfunda la camiseta blanca y comienza a animar con entusiasmo a la mayor multinacional futbolística del planeta. Al club que factura cientos de millones, que convierte cada verano el mercado de fichajes en una exhibición de músculo financiero y cuya marca vale más que el PIB de algunos pequeños países.

De pronto, el monopolio deja de ser un problema, la concentración de riqueza ya no indigna, el poder económico se convierte en “una gestión ejemplar” y el apabullante dominio de los grandes sobre los pequeños se justifica con el tan socorrido “ADN ganador”. Milagros de la pasión futbolística.

Resulta fascinante observar cómo algunos descubren que el capitalismo es insoportable... salvo cuando viste de blanco.

El Real de Madrid, merecidamente, representa casi todo aquello que la izquierda suele denunciar cuando cambia el balón por el boletín oficial. Es éxito acumulado, músculo financiero, influencia institucional, capacidad para atraer a las mayores estrellas, patrocinadores globales, poder mediático y una marca convertida en icono del mercado mundial.

Sin embargo, ahí están cientos de miles de militantes del progretariado celebrando cada victoria como si acabaran de derrotar al capitalismo... cuando, en realidad, están aplaudiendo, si no la que más, una de sus expresiones más exitosas.

Si el Real de Madrid fuera una mercantil dedicada a fabricar teléfonos móviles, gestionar autopistas o explotar plataformas digitales, la práctica totalidad de esos mismos aficionados pedirían dividirla por abuso de posición dominante. Pero… juega al fútbol y resplandece el argumento definitivo: “El fútbol no tiene nada que ver con la política”.

Sin embargo, el fútbol sí tiene relación con la política cuando hay que denunciar racismo, homofobia, violencia, discriminación, corrupción, desigualdad salarial o derechos laborales y descubrimos que el deporte es un extraordinario instrumento de transformación social. Pero deja misteriosamente de tener contenido político cuando se evidencia que el club más poderoso del mundo simboliza precisamente la concentración de recursos y prestigio que los mismos critican en otros ámbitos.

Se consigue así, para seguir tirando, una selectiva desconexión ideológica: algo parecido a defender la sanidad pública mientras se presume de seguro privado exclusivo, o criticar la especulación inmobiliaria desde el ático adquirido gracias a ella.

La pasión futbolística tiene una virtud extraordinaria: consigue que personas extremadamente coherentes en casi todos los aspectos de su vida suspendan voluntariamente el pensamiento crítico durante noventa minutos. Y no pasa nada. Todos tenemos contradicciones, pero Pablo Iglesias, gracias, nos enseña a cabalgarlas.

Porque el problema no es ser de izquierdas y del Real de Madrid. El problema es fingir eternamente que no existe ninguna tensión entre ambos ideales. Se puede ser socialista y madridista, igual que se puede ser vegetariano y disfrutar del aroma de una parrillada. La libertad consiste precisamente en eso. Lo que resulta más difícil es sostener, sin que aparezca una sonrisa irónica, que el club más poderoso, más rico, más influyente y más globalizado del fútbol mundial representa la lucha de los débiles frente a los fuertes.

Hay contradicciones humanas, cierto, y luego está cantar “¡Hala Madrid!” después de haber pasado la semana denunciando las injusticias del capitalismo entonando puño en alto “¡A las barricadas!”. Ésta ya pertenece a una categoría superior: la de las acrobacias ideológicas con balón de cuero.

martes, 30 de junio de 2026

Oposiciones y cuarto turno: del mérito a la excepción

 


30/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

“La España de hace casi siglo y medio parece haber comprendido mejor que la de hoy que la independencia judicial comienza mucho antes de dictar una sentencia; empieza con la forma en que se accede al estrado”

 

Hay reformas que pretenden modernizar las instituciones y que, paradójicamente, las hacen retroceder. La modificación del artículo 311 de la Ley Orgánica del Poder Judicial promovida por este gobierno eternamente en el alambre -a base de equilibrios solo posibles desde el amor a la poltrona, por un lado, combinado con un “me lo llevo y pa la saca”, del otro- constituye uno de esos casos en los que, bajo el lenguaje de la apertura, la modernidad y la diversificación, se erosiona el principal de los pilares sobre los que históricamente se ha asentado la independencia judicial: la acreditación objetiva del mérito y la capacidad.

Es el caso del denominado cuarto turno, la vía por la que juristas de reconocida competencia arriban a la categoría de magistrado. Y es que, para el acceso, hasta ahora, el sistema exigía, además de una dilatada experiencia profesional, la superación de pruebas selectivas y la formación específica correspondiente. Con la pretendida reforma se eliminaría la necesidad de superar exámenes en determinados supuestos, sustituyéndola por una valoración de currículums… a saber cuáles.

Esta medida supone, como tantas otras suscritas por este gobierno experto en descapitalizar el mérito, una ruptura con una tradición jurídica española que, con distintas formulaciones, ha permanecido invariable durante casi siglo y medio.

La Ley de 19 de agosto de 1885, aprobada durante la Restauración, concibió el acceso a las categorías judiciales superiores como una combinación entre antigüedad, experiencia y manifiesta aptitud. Incluso en aquella España decimonónica, muy alejada de los estándares democráticos actuales, el legislador entendía que la incorporación a la judicatura no podía descansar únicamente en el prestigio profesional o en la discrecionalidad de quienes nombraban, antes bien el futuro juez debía acreditar públicamente su competencia.

Ya un siglo después, la tan debatida como polémica Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judicial, con Fernando Ledesma al aparato, estableció como núcleo del procedimiento el concurso de méritos y no la oposición libre: el artículo 311, ahora nuevamente amenazado, estableció que una de cada cuatro vacantes de magistrado se cubriría entre juristas de reconocida competencia con más de diez años de ejercicio profesional. El propio Felipe González, con la reforma 1994, abjuró de su idea inicial y comenzó a fachear, reintroduciendo una -vaga- prueba de especialización para abandonar el modelo de puro concurso de méritos que él mismo había santificado nueve años antes.

A pesar de las críticas de los conservadores, no fue hasta 2004, nueve años después de su llegada al poder y apenas -11M mediante- tres meses antes de entregar la cuchara a un ZP, por entonces perito en bisutería, cuando Aznar introdujo como requisito para el acceso al cuarto turno la superación de un curso de formación.

Curiosamente, el ahora experto en rubíes, esmeraldas, diamantes y cajas fuertes, salvo las previsiones referidas a las lenguas oficiales de las Comunidades Autónomas o al Derecho Civil propio, obligadas por el independentismo, no tocó ni una coma de la reforma de Aznar en este apartado y solo Rajoy se atrevió en 2015, manteniendo la superación del curso de formación, a reservar un tercio de las vacantes de ese cuarto turno a miembros del Cuerpo de Letrados de la Administración de Justicia de primera o segunda categoría, lo que, sin duda, reforzaba los tan aludidos conceptos de mérito y la capacidad.

Con la reforma de 2018, un Pedro Sánchez más que prudente por entonces, se limitó a ampliar a los órdenes civil y penal y en las materias mercantil y de violencia sobre la mujer, la posibilidad de acceso a los miembros de la Carrera Judicial con categoría de magistrado, sin afectar a los fundamentos del cuarto turno.

Es ahora, en su continua huida hacia adelante, obligado por las decenas de casos de corrupción que acosan a su entorno y a él mismo, cuando, de prisa y corriendo, monta una reforma global del acceso a la judicatura, que prevé un macro refuerzo del cuarto turno “para cubrir necesidades estructurales”, convocándolo de forma simultánea al turno libre y con el consiguiente aumento del peso de la institución en el conjunto de la magistratura.

Si la reforma sale adelante, supondrá el mayor impulso al cuarto turno desde la reforma socialista de 1994, que fue, como se dijo, la que transformó definitivamente el modelo original de 1985 basado en un puro concurso de méritos.

La novedad de la reforma en ciernes no es, per se, la existencia o reforma del cuarto turno, institución asentada desde hace décadas, como se ha visto, sino la pretensión de que algunos aspirantes puedan incorporarse a la carrera judicial sin haber superado examen alguno. Ni la legislación liberal del siglo XIX, ni la Restauración, ni la Segunda República, ni el Franquismo, ni la democracia constitucional habían llegado tan lejos.

Porque si algo comprendieron los legisladores de 1885 era que la independencia judicial no se garantiza únicamente mediante declaraciones solemnes, sino también evitando que el acceso a la carrera dependa de valoraciones subjetivas.

La exaltación contemporánea de los méritos curriculares frente a las pruebas objetivas presenta, además, una curiosa inversión histórica: los que algunos califican hoy como un sistema “anticuado”, la exigencia de superar exámenes, era considerado por los reformadores liberales del siglo XIX un instrumento de modernización frente a los antiguos privilegios y recomendaciones personales; en definitiva, una garantía contra el clientelismo.

Por ello resulta llamativo que, siglo y medio después, sea precisamente el legislador democrático quien se aparte de un principio que los liberales de la Restauración consideraban esencial para construir una Administración de Justicia profesional e independiente.

Nadie discute que abogados, profesores universitarios, o letrados de la Administración de Justicia posean conocimientos y experiencia suficientes para enriquecer la carr
era judicial. La cuestión es otra: si quienes van a ejercer la potestad jurisdiccional deben acreditar esos conocimientos mediante procedimientos objetivos o si basta con la valoración de sus méritos profesionales. La respuesta que España había dado desde 1885 hasta nuestros días se decantaba claramente por la primera. La reforma actual altera ese consenso histórico, encumbrando a la segunda.

Quizá por eso resulte inevitable una conclusión incómoda: en este punto concreto, la España de hace casi siglo y medio parece haber comprendido mejor que la de hoy que la independencia judicial comienza mucho antes de dictar una sentencia; empieza con la forma en que se accede al estrado.


viernes, 19 de junio de 2026

El irresistible encanto del (vil) metal para el progretariado patrio

 


19/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

Se ha acreditado que los socialistas, como las urracas, sienten una inclinación natural hacia todo aquello que reluce

Dicen -y todavía hay incautos que se lo creen- que el socialismo nació para repartir la riqueza. Sin embargo, a juzgar por algunas querencias históricas, no cabe duda de que ciertas figuras del PSOE siempre han mostrado una atracción especialmente expropiatoria hacia el amarillo. Hay quien colecciona sellos, quien se apasiona por los bonsáis y quien siente una irresistible sugestión por las joyas, los lingotes y demás contenido brillante custodiado en las cajas fuertes.

Ahora que José Luis Rodríguez Zapatero sigue paseándose por medio mundo con la seguridad de un estadista jubilado que nunca se jubiló del todo, resulta inevitable que a los buenos aficionados a la historia se les despierten los recuerdos. Porque, a fin de cuentas, el PSOE posee una tradición tan rica en congresos, escisiones y puñaladas fraternales como en leyendas relacionadas con apropiaciones indebidas y mangazos de tesoros.

No, no es la primera vez que dirigentes socialistas españoles se ven rodeados por el resplandor de las piedras preciosas. En los años finales de la Guerra Civil, cuando el régimen prosoviético felizmente expiraba y todo era confusión, el patrimonio custodiado por el estado fallido y las joyas depositadas por miles de particulares en las cajas del Banco de España emprendieron caminos en paralelo -¡qué casualidad, José Luis!- con los destinos de los exiliados. Unas acabaron en Francia, otras en México y otras en la nebulosa de las memorias contradictorias o, directamente, acalladas.

Valga como ejemplo que el 28 de febrero de 1939, el Vita, patroneado por un grupo de carabineros españoles leales a Negrín, partió del puerto francés de El Havre, con la orden de anclar en el puerto mexicano de Veracruz, acarreando 120 maletas que contenían objetos incautados por la Caja General de Reparaciones, cuyos bienes muebles estaban constituidos por obras de arte de colecciones privadas y sobre todo por grandes cantidades de joyas y metales preciosos. Aquel episodio tuvo su fratricida continuación ya en tierras conquistadas por Hernán Cortés, donde las instituciones socialistas expatriadas, encabezadas por los archienemigos Juan Negrín e Indalecio Prieto, los administraron con un entusiasmo digno del conspicuo ZP. Las acusaciones más sonoras sobre cómo se embolsicaron los bienes y las joyas no procedieron precisamente de sus enemigos, sino de ellos mismos. Prieto lanzó invectivas contra los negrinistas y los estos contraatacaron con entusiasmo.

Noventa años después, los tiempos deberían haber cambiado, pero ciertas inclinaciones parecen resistirse a desaparecer. Ya no se trata de baúles rumbo a Veracruz ni de inventarios redactados a toda prisa, sino de una fascinación más sofisticada por las compañías distinguidas, los regímenes amigos y las relaciones con personajes de cartera generosa.

En estas aparece Zapatero, transitando por los escenarios internacionales con una desenvoltura que habría hecho las delicias de los viejos caciques liberales. Si antaño los dirigentes socialistas soñaban con la revolución proletaria mientras se apoderaban de tesoros ajenos, hoy las fotografías se las hacen con jeques, empresarios, magnates y mandatarios varios al tiempo que reciben tesoros no declarados. El puño en alto ha sido sustituido por el apretón de manos y el traje de pana por el traje a medida, pero las piedras preciosas entonces y hoy eran la meta.

Cambian los discursos, cambian las consignas y cambian los enemigos del pueblo, pero permanece intacta esa antigua pasión española por los tesoros de la que los socialistas no reniegan. El socialismo español ha conservado intacta una admirable virtud: la capacidad de reinventarse sin perder jamás cierto aprecio por el precioso resplandor. Debe de ser una cuestión estética. Al fin y al cabo, las joyas tienen algo irresistible: reflejan la luz. Y se ha acreditado que los socialistas, como las urracas, sienten una inclinación natural hacia todo aquello que reluce.

En resumen, el progretariado patrio, aún viéndolo comparecer como imputado ante el Juzgado Central de Instrucción número 4, sigue encandilado con su ZP del alma, ese probo socialista, como todos, “normalmente pobre y siempre dispuesto a dar mucho”. ¡País!

viernes, 12 de junio de 2026

¿Un Papa al rescate del ALMA?

 


12/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

“El protagonismo absoluto está siendo para León XIV, lo que, para el Ateneo para la Lisonja Monclovita Activa -ALMA- supone una bendición inesperada”

Para los cristianos, Jesucristo vino al rescate definitivo del alma, ofreciendo su vida en la Cruz como el precio para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y la muerte.

La visita de León XIV a España está siendo, para millones de católicos, una ocasión de alegría, esperanza y renovación espiritual. No podía ser de otra manera. La presencia del Sucesor de Pedro siempre constituye un acontecimiento que trasciende la política y recuerda a los creyentes que la Iglesia pertenece a una dimensión más alta que las disputas partidistas. Precisamente por ello resulta llamativo observar cómo determinados sectores políticos y mediáticos han aprovechado la visita para construir un inmenso paréntesis informativo alrededor de los escándalos que afectan al Gobierno de Pedro Sánchez y al partido que mayoritariamente lo sostiene.

Pareciera que, por unos días, todas las controversias han desaparecido. Las investigaciones, las sospechas, los escándalos y las incómodas preguntas que rodean a distintas figuras del entorno gubernamental han quedado relegadas a un discreto segundo o tercer plano. El protagonismo absoluto está siendo para León XIV, lo que, para el Ateneo para la Lisonja Monclovita Activa -ALMA- supone una bendición inesperada. De pronto, la conversación nacional pareció dejar de girar alrededor de las dificultades del sanchismo para concentrarse en las imágenes, discursos y gestos del Pontífice.

La paradoja es que ni siquiera algunas de las posiciones doctrinales tradicionalmente defendidas por la Iglesia parecieron incomodar a quienes normalmente las combaten con mayor intensidad. Si el Papa recordó la defensa de la vida o expresó reservas frente a determinadas prácticas que forman parte del consenso progresista contemporáneo, tales afirmaciones fueron recibidas, por el ALMA, con una indulgencia sorprendente. Quienes no suelen mostrar especial simpatía -más bien todo lo contrario- por la moral católica parecen hoy dispuestos a ofrecer la otra mejilla, a perdonarlo todo. El motivo es evidente: la visita del Prevost madridista les está proporcionando, además de blanco, blanquísimo, un valioso balón de oxígeno político y mediático.

La imagen más representativa es la del entusiasmo institucional desplegado alrededor de la presencia papal. El mismo sistema político que acostumbra a mirar con distancia, cuando no con abierta hostilidad, a muchas posiciones de la Iglesia, se ha entregado a una exaltación casi unánime capaz de dejar en pañales Las Moradas de la santa de Ávila. El ALMA ha encontrado así su razón de ser: la capacidad de adaptar el discurso a las necesidades del momento, incluso cuando ello exija aplaudir, por más de siete minutos, aquello que normalmente se critica (como la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural) y que volverá a criticarse en cuanto el Pontifex Maximus aterrice en Fiumicino.

Por supuesto que también llama la atención el itinerario elegido. La visita al Monasterio de Montserrat, vinculado desde finales del XIX con el movimiento separatista conservador, se ha pretendido mostrar como símbolo de encuentro y espiritualidad, ocultando otras connotaciones o no poniendo el mismo énfasis en las sombras que también han afectado al histórico santuario, incluidas las derivadas de los casos de abusos denunciados. El contraste entre la atención concedida a unos asuntos y el silencio sobre otros alimenta inevitablemente la sospecha de que la gestión de la memoria histórica continúa dependiendo más de la utilidad política que de la búsqueda de la verdad.

Lo contrario ocurre con la ausencia de la visita al Valle de los Caídos solicitada por miles de personas. Para el ALMA, la decisión es absolutamente lógica ya que evita entrar en un terreno de permanente confrontación ideológica. Contrariamente, para una parte de los no ateneístas, constituye una oportunidad perdida para reivindicar el significado reconciliador que atribuyen al monumento. Quienes sostienen esta última visión recuerdan que fue concebido como un lugar destinado a superar las heridas de la Guerra Civil, incluida la persecución religiosa de los años treinta, el mayor genocidio después de la Vendée. Desde esa perspectiva, la ausencia solo puede ser interpretada como una concesión innecesaria -otra- a las sensibilidades políticas dominantes.

Queda claro que el verdadero debate no está girando en torno al Papa, sino al uso que se hace de su figura. León XIV no necesita rescatar a ningún gobierno ni respaldar a ningún partido. Su misión es otra. Son los actores políticos y mediáticos quienes intentan convertir una visita pastoral en una operación de comunicación. Y es ahí donde el ALMA encuentra su campo de actuación favorito: transformar cualquier acontecimiento en una ocasión para la lisonja activa y la suspensión temporal, ya casi perenne, del espíritu crítico de una sociedad cada vez más consciente de los desmanes de este gobierno.

Los católicos tienen motivos legítimos para alegrarse de la presencia del Pontífice. Los no creyentes pueden contemplarla con respeto como un acontecimiento cultural e histórico de primer orden. Lo preocupante es que una visita llamada a elevar el debate público termine siendo utilizada para rebajarlo, sustituyendo las preguntas incómodas por los aplausos convenientes. Cuando eso ocurre, el Papa deja de ser noticia por lo que representa y pasa a ser noticia por aquello que -inconscientemente, creemos- ayuda a ocultar.

Confiamos en que el Vicario de Cristo no haya venido a España al rescate del ALMA, aunque sus miembros puedan parecer tranquilos. Al menos por unos días.

Y en breve, El Mundial. ¡Así cualquiera!

miércoles, 3 de junio de 2026

Sevilla FC: Toda la verdad sobre la tocata y fuga de Ramos

 


03/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

Aunque respetuosa y educada, la comparecencia de Ramos ha estado tan plagada de falsedades como de medias verdades”

 

Decíamos ayer (Jaque al Sevilla FC), entre otras cosas, sobre la situación del club nervionense, que “el problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee” y anunciábamos la demoledora rueda de prensa que para la tarde tenía anunciada Sergio Ramos, en la que pretendía “dejar títere sin cabeza, tras conocer de cerca las ansias de euros y la abulia por la gestión de los actuales mandatarios”, al tiempo que nos mostrábamos tan partidarios como incrédulos de la imperiosa necesidad de un nuevo Gran Pacto por el Sevilla.

Una durísima nota de prensa por la mañana de los accionistas mayoritarios, Del Nido Benavente incluido, plagada de descalificaciones, acusándole de incumplimientos y engaños, parecía dinamitar todos los puentes de cara a un futuro acuerdo de compraventa con el ex futbolista de Camas.

Sin embargo, no fue así. Un Sergio Ramos inesperadamente conciliador apareció ante  los medios dando una versión de lo sucedido que, de momento, parecía poner de nuevo la pelota en el tejado de los potenciales vendedores.

Enemigos del “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, quienes ya están hartos de los actuales gestores, la práctica mayoría, vieron y continúan viendo en el exfutbolista de la cantera un punto de encuentro para la solución de los problemas accionariales del Sevilla FC y todavía hoy sueñan con una última llamada que reconduzca la situación. Pero no, esa situación no se va a dar.

Y no se será así porque, aunque respetuosa y educada, la comparecencia de Ramos ha estado tan plagada de falsedades como de medias verdades.

En resumen, ha explicado que, tras su nueva oferta, los accionistas del Sevilla recibirían la misma cantidad que se estipuló al principio, con alguna pequeña modificación:

Oferta inicial vigente hasta el miércoles 27 de mayo, según Ramos:

-  Ampliación de capital de 80 millones de euros.

-  Capital social a comprar: 85 %.

- Precio por acción: 3.175 euros.

- Precio a desembolsar a los vendedores: 279 millones de euros a liquidar en tres pagos: 60 % en este ejercicio, 30% en 2027 y el 10 % restante en 2028.

- Inversión total. 359 millones de euros.

Oferta posterior desde el miércoles 27 de mayo, tras recomendaciones de la LFP y sus asesores, según Ramos:

-  Ampliación de capital de 120 millones de euros antes del 30 de junio.

-  Capital social a comprar: 85 %.

- Precio por acción: 3.175 euros.

- Precio a desembolsar a los vendedores: un primer pago de entre 105 y 141 millones de euros y un segundo pago (no ha explicitado fecha) de un mínimo de 137 millones, con la garantía del Banco de Santander y otro banco internacional de primer nivel.

- Inversión total mínima: 362 millones de euros (con lo cual “los vendedores no perderían nada”, según sus palabras).

Sin embargo, la versión de los actuales propietarios sobre esta segunda oferta es bien distinta:

-  La primera disposición de los compradores en el Sevilla FC sería la anunciada y necesaria ampliación de capital de 120 millones de euros antes del 30 de junio, cantidad desmentida por la propia LFP en el mismo día de ayer. Pero, atención, con dicha ampliación los inversores conseguirían de inmediato el control del 42 % de la sociedad sin que los actuales propietarios hayan recibido un euro. A resultas de ello, la totalidad del actual capital social del Sevilla (6,2 millones de euros) se revalorizaría hasta el 58 % restante, alcanzando un teórico valor de 130 millones.

-  Capital social teórico a comprar: 85 %.

- Precio teórico por acción: 3.175 euros.

- Precio a desembolsar a los vendedores: un único pago de entre 105 y 141 millones de euros por el 18 % del nuevo capital social, que es la cantidad resultante de aplicar el 85 % que se pretende comprar al valor teórico del nuevo capital del Sevilla en manos de sus antiguos accionistas (recordemos 130 millones teóricos). Además, del segundo pago, “si te vi no me acuerdo”, pues a esas alturas los nuevos propietarios controlarían el 60 % del nuevo capital social; todo ello sumado a que las garantías ofrecidas por el Banco de Santander no pasan de ser una carta de recomendación de la mucha pasta que tiene el grupo inversor, pero que en ningún momento sirve como aval.

- Inversión total real: entre 225 y 261 millones de euros (de los cuales los vendedores solo recibirían entre 105 y 141 millones, convirtiéndose con sus ya difuminadas acciones restantes en espectadores pasivos de cuanto decidan Sergio Ramos y los suyos).

A todo ello se une lo que no ha dicho Ramos:

- Los Estatutos del Sevilla FC SAD requieren una mayoría reforzada para que puedan modificarse que se sitúa en 66,67 % del capital social presente o representado en la junta general. ¿Cuánto tardarían los nuevos propietarios, vía nueva ampliación de capital, en hacerse con ese insignificante 6,67 % y proceder a cambiar la norma por la que se rige el club? Item más, ni siquiera sería necesaria esa minúscula ampliación si se tiene en cuenta que un 10 % del accionariado sevillista nunca ha tenido presencia en la junta.

- En 2018, Accionistas Unidos impulsó una propuesta para blindar el patrimonio del club (entiéndase estadio y ciudad deportiva). Fue en la Junta General de 2022 cuando se aprobó que la transmisión de activos inmobiliarios esenciales debía ser aprobada por acciones que representen tres cuartas partas del capital social total de la sociedad. ¿Cuánto tardarían los nuevos propietarios en modificar ese porcentaje a la baja vía modificación de estatutos?

- Todo ello viene a cuento de la pregunta más interesante realizada en la rueda de prensa y que parece haber pasado desapercibida: ¿Qué hay de cierto en el interés de los nuevos inversores por la posible venta del Sánchez Pizjuán y sobre el papel que desempeñará Sergio Ramos en el club? Respuesta evasiva: “de eso  todavía no ha llegado la hora de hablar”. Con lo fácil que hubiera sido decir lo que todo el mundo esperaba, que “el Sánchez Pizjuán es sagrado y eso no se toca”. Más aún cuando la sociedad mexicana que pretende desembarcar  lleva por nombre Desarrolladora Mexicana de Inmuebles – DMI.

Con esto, casi mejor terminamos con el socorrido “no hay más preguntas, señoría”.

No sigan, no continuemos, por tanto, soñando con una reconciliación entre las partes y en un Sergio Ramos en el sillón que ocupó don Ramón Sánchez Pizjuán.

Mientras el camero se ha dado a la fuga caballerosamente, sigamos soñando con que esta afición, como decíamos ayer, sea capaz, como ya ha demostrado, de revertir la situación del Grande del Sur de España.

¡Somos el sevillismo… !

martes, 2 de junio de 2026

Jaque al Sevilla FC

 


02/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 “El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee”

 El pasado 24 de mayo (“Sevilla FC: vender es lo fácil; unirse sería el verdadero acto de sevillismo”) tuvimos ocasión de referirnos a la situación por la que pasa el club más laureado del Sur de España: en venta al mejor postor… y abandonado por sus dueños.

Hay algo profundamente enigmático en la tragedia de la institución nervionense: un club gigantesco gestionado como una comunidad de vecinos en guerra permanente. Un equipo con siete Europas League, una afición monumental y una historia que de codearse con los grandes de Europa se ha reducido hoy a una mezcla tóxica de litigios, venganzas personales y balances financieros dignos de una partida de Monopoly jugada por despiadados enemigos en plena madrugada.

El Sevilla vive una crisis deportiva que, con ser enorme, no es lo que más preocupa. Vive algo peor: una crisis moral de identidad generada por las diferencias, contiendas y querellas de sus propietarios mayoritarios.

El dato retrata el disparate con precisión quirúrgica: el capital social del club apenas supera los 6,2 millones de euros (103.467 acciones de sesenta euros de valor nominal cada una de ellas). Algo más de seis millones. Una cifra que en el fútbol moderno no llega para alcanzar la ficha de un lateral mediocre uruguayo con vídeos espectaculares en YouTube y dos rodillas bajo sospecha. Sin embargo, los grandes accionistas -que controlan alrededor del 80 % de la entidad, tras recomprar al alza a miles de pequeños accionistas- continúan en la pretensión de colocar ese porcentaje del club al mejor postor por unos 400 millones de euros, obteniendo, según se ha publicado, una plusvalía cuya cifra se aproxima al resultado de multiplicar el valor de las acciones en origen por 80 (4.800 euros por título), si bien otras fuentes absolutamente fiables limitan el resultado a 3.400 euros por acción, con un coeficiente multiplicador, tampoco despreciable, del 56,66.

No se entiendan estas cuentas a grosso modo como sagradas e inatacables, pues los grandes poseedores, para serlo -salvo una familia sin necesidades en ese aspecto- han invertido cantidades ingentes en créditos para obtener acciones a precio muy superiores al nominal. Circunstancia ésta que también ha dejado su rastro en forma de pignoraciones y embargos en muchos de los títulos presentados a los compradores.

Esto, por tanto, no es una operación financiera. Esto es el pelotazo definitivo para ellos y para toda su prole en unas cuantas generaciones. Es el sueño húmedo del capitalismo casposo: comprar barato, heredar caro, pelearse durante años y, cuando el edificio ha resultado arruinado por las agresiones continuas a sus cimientos de los obligados a su mantenimiento, intentar venderlo como si fuera el Sánchez Pizjuán con vistas a Central Park.

Lo verdaderamente fascinante no es la cifra. Lo absolutamente extraordinario es el milagro político de la miseria humana que ha producido semejante expectativa económica: los mismos grupos accionariales que llevan años atacándose mutuamente y destruyendo al club, descubrieron de repente las virtudes del consenso cuando apareció la posibilidad de llenar sus bolsillos. Ahí sí hubo unidad. Para gestionar el Sevilla, no. Para construir un proyecto sólido, tampoco. Para proteger el prestigio bien ganado del club, menos aún.

Porque el deterioro deportivo no aparece por generación espontánea. Cuando los dirigentes convierten el club en un campo de batalla societario, la decadencia termina bajando al césped. Se cobra de diez por malgestionar, se despide mal, se ficha peor, se improvisa constantemente y se transmite una imagen institucional impropia de una entidad que hace menos de un lustro levantaba títulos continentales con una naturalidad insultante.

El sevillista, mientras tanto, contempla la situación atrapado entre la rabia y la impotencia. Porque la afición sí ha entendido algo elemental desde antes de su conversión en sociedad anónima: el Sevilla no puede ser un simple activo financiero. No es una promotora inmobiliaria ni una empresa tecnológica esperando una oferta de compra. Es una institución más que centenaria sostenida emocionalmente por cientos de miles de personas que han heredado el sentimiento como se hereda un apellido y a la que los actuales dirigentes le han dado jaque en su demencial partida ajedrecista.

Porque la famosa operación de venta, que algunos daban casi por hecha, ha desembocado en una ruptura absoluta, tras ir mostrando síntomas constantes de desinflarse. Y se ha llegado aquí tal vez porque los posibles compradores han descubierto algo obvio: no basta con adquirir acciones, que parece ser lo único importante para la mayoritaria; más necesario aún es inflar las arcas para la supervivencia más inmediata. Sin olvidar que también han debido sentir en el cogote la dificultad de la parte sentimental de la que nadie habla y que en el Sevilla FC es historia por sí sola: la herencia de un clima irrespirable, de una estructura enfrentada y de una afición agotada de promesas incumplidas, pero extraordinariamente temible cuando de defender su escudo se trata.

Para los propietarios actuales -¡sálvese quien pueda!- el club parece haberse convertido únicamente en una cifra. Y, de momento, tanta ambición no les ha salido bien, tanto que Sergio Ramos, cabeza visible de los ofertantes, anuncia para hoy una rueda de prensa en la que pretende dejar títere sin cabeza, tras conocer de cerca las ansias de euros y la abulia por la gestión de los actuales mandatarios.

El problema no es solo económico. El problema es la ausencia absoluta de grandeza de los dirigentes actuales que lo único que han evidenciado es que, tras años de riñas tabernarias, se han puesto de acuerdo para pegar el pelotazo en cinco minutos. Y tras el portazo inversor, continúan mostrándose incapaces de apartar cuitas personales para realizar un nuevo Gran Pacto por el Sevilla, lo que sigue pareciendo imposible cuando todos parecen tener en la mirada el símbolo del dólar al estilo del Tío Gilito.

Llegado a este punto, podría esperarse un gesto mínimo de responsabilidad histórica. Aparcar demandas. Rebajar tensiones. Construir una paz institucional. Pensar en el Sevilla antes que en el paquete accionarial. Actuar como custodios temporales de un patrimonio colectivo y no como corredores de bolsa en una subasta de activos volátiles y acciones especulativas, a la espera de tiempos más sosegados.

Al tiempo, las asociaciones más representativas de la afición pretenden salir al rescate a través de tres medidas tan dignas como -al menos dos de ellas- quiméricas, que resumen en:

1. Reprobación, dimisión y cese del actual Consejo de Administración, convocando una junta general extraordinaria.

2. Consejo de salvación unitario y consensuado.

3. Ampliación de capital con exclusión del derecho de suscripción preferente.

El Sevilla no está actualmente para grandes proclamas al estilo del periodo 1995-1997. Entonces el sevillismo de base, antes de la compra desaforada de acciones, controlaba una parte importante de su capital y sus decisiones se veían reflejadas de alguna manera en los órganos de gobierno del club, lo que sin duda contribuyó a la estabilidad.

El único punto todavía alcanzable, que coincide con este pregón, debiera ser la consecución de lo establecido en el punto 2, pero sin necesidad de una convocatoria extraordinaria de junta general, sencillamente porque en las sociedades anónimas (también en las deportivas) manda el dinero por encima del sentimiento.

Sí serían trascendentes, al estilo de aquel 2 de agosto del que el pasado año se cumplieron 30 años, las movilizaciones en la calle, no solo del sevillismo, sino del conjunto de la sociedad que incluye al gobierno local (políticos y autoridades), los empresarios, los medios de comunicación y los líderes sociales o comunitarios, como entonces ocurrió. En definitiva, representantes de corporaciones sevillanas que, ante la gravedad de la situación, sean capaces de apiñar a los que tienen el poder para conseguir esa nueva conjunción de fuerzas en el órgano de gobierno sevillista.

Si no lo conseguimos, el Sevilla seguirá atrapado en la misma guerra de egos donde todos aseguran -aseguramos- amar al club mientras contribuyen -contribuimos- diariamente a empequeñecerlo.

Y esa es quizá la tragedia más dolorosa: en Nervión no falta grandeza deportiva, lo que escasea dramáticamente es grandeza humana en los despachos. El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee.

El Sevilla no está arruinado por falta de historia, ni de masa social, ni de potencial. Está bloqueado por quienes deberían protegerlo y el sevillismo está llamado otra vez a “dejar las cosas en su sitio”.

¿Habrá mate final o esta afición será capaz de revertir la situación en pos de unas tablas que hoy parecen imposibles?

¡Somos el sevillismo… !


lunes, 1 de junio de 2026

Sonsoles, “La Collares” socialista



01/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo


Cambian los gobiernos, cambian los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder


España tiene una habilidad prodigiosa para reciclar comportamientos sin necesidad de reciclar ideas. La moda cambia la vestimenta, las fotos pasan del blanco y negro al filtro de Instagram, pero el poder sigue desarrollando idénticas aficiones: los despachos amplios, los espejos, las moquetas gordas, las adulaciones discretas y, cómo no, las joyas.

Dicen que el pueblo, pero seguramente sería un avispado socialista, quien bautizó a doña Carmen Polo con el sobrenombre de “La Collares”, que en España no hay título nobiliario más definitivo que el que concede el sarcasmo popular. No hacía falta BOE ni marquesado. Para ello, bastó verla lucir la media docena de collares -siempre los mismos- que camuflaba el resto de la bisutería, junto a su sempiterno abrigo de pelo de camello, con esa solemnidad de emperatriz de sacristía que tanto fascinaba al régimen. Ella representaba esa España del “usted no sabe quién soy yo”, aunque todavía no se hubiese inventado la frase, entre otras cosas porque los hermanos Guerra aún eran unos críos y Pablo Iglesias o Irene Montero no estaban ni encargados.

La leyenda -que en España suele ser más precisa que muchos archivos oficiales- aseguraba que las joyerías temblaban cuando doña Carmen aparecía por la puerta. No porque fuera a robar nada, claro; eso habría sido vulgar. El auténtico privilegio consistía -así, en pretérito imperfecto- en que todo el mundo quería regalarle las cosas antes siquiera de que las pidieras.

Décadas después, los españoles creímos haber cambiado de status. Llegó la democracia, prometiendo transparencia, igualdad y modernidad europea; llegaron las chaquetas de pana y las promesas de regeneración. Pero el poder tiene memoria genética. Y, efectivamente, aparecieron nuevas figuras consortes que, sin visitar las joyerías, aseguran poseer herencias repletas de amarillo. Es el caso de doña Sonsoles, esposa de Zapatero, figura siempre discreta, casi silenciosa, como corresponde a la política moderna, la que prefiere la estética de la sencillez estudiada: sonrisa institucional, perfil bajo y joyero alto.


Quienes decían que en la España actual ya no se heredan coronas, que solo se heredan ambientes y deudas, no conocían a Sonsoles, ni a su enamorado cónyuge. ¡No hay quien empate a un socialista en cuestiones del amor!, diría el hoy discípulo de ZP en La Moncloa.

Y es que el hallazgo de un arsenal de alhajas en el despacho del socialista Zapatero en la madrileña calle de Ferraz, frente justo a la sede socialista de la misma calle, ha devuelto a muchos españoles una sensación profundamente familiar: la confirmada sospecha de que el poder cambia de discurso mucho más rápido que de costumbres.

La diferencia entre la Carmen antigua y la Sonsoles contemporánea es solo estética. La primera exhibía collares de perlas; hoy el lujo se disfraza de agenda institucional, de foro internacional, de sostenibilidad, de networking y de palabras en inglés que sirven para que nadie entienda exactamente quién manda, pero todos sepan quién entra primero. El poder genera una atmósfera donde las puertas se abren solas, los teléfonos se contestan más rápido y la casualidad siempre acaba beneficiando a los mismos, incluso a los que aseguraban que “ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”. ¿Era así o he intercambiado los adverbios?

Antes se besaba la mano. Ahora las nuevas élites se presentan como cercanas, sociales y austeras, aguantan achuchones y besos con aromas de halitosis mientras orbitan alrededor de petroleras, embajadas y centros de decisión capaces de producir joyas suficientes para montar una sucursal de Tiffany.

Lo fascinante es la evolución del discurso. Doña Carmen jamás habría fingido modestia. En aquella época el poder no pedía perdón por existir; desfilaba orgulloso. Hoy, en cambio, la nueva aristocracia política necesita proclamarse humilde mientras abusa del Falcon emocional, se apropia de propiedad intelectual ajena y atiborra las cajas de seguridad con piedras preciosas de muy dudosa procedencia. Ya no basta con tener influencia, hay que tenerla explicando que se usa para luchar contra los privilegios. Es, diríamos, el lujo con conciencia social: el collar ético y progresista, no el casposo de la dictadura.

España continúa asistiendo al espectáculo con su tradicional mezcla de indignación y costumbre. Cambian los gobiernos, cambian los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder.

Ya lo confesó Manu Sánchez, el cómico nazareno, a El Follonero de la televisión, sin aparente sonrojo: “Yo creo en un socialismo de yate y de chalet”, así, en presente de indicativo… y premiado a resultas de tan ilustre proverbio con un joyero en forma de exitoso programa de las 625 líneas de RTVE o, al menos, eso se augura.


lunes, 25 de mayo de 2026

Sevilla FC: vender es lo fácil; unirse sería el verdadero acto de sevillismo

 



25/05/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo 

El gran cáncer del club ha sido -y continúa siendo- la división. El Sevilla de los éxitos ha quedado finalmente atrapado entre “políticas mezquinas” y luchas personales que impiden cualquier proyecto estable

El sevillismo lleva años atrapado en una guerra accionarial que ha desgastado la imagen, el rendimiento deportivo del club y, lo que es peor, la estabilidad, poniendo en grave riesgo su futuro. Hijos contra padres, aliados antiguos convertidos en acérrimos enemigos, fondos extranjeros de quita y pon, juntas de accionistas convertidas en trincheras y una afición tan exhausta como inquebrantable viendo cómo el debate dejó hace tiempo de ser fútbol, títulos y clasificaciones europeas para devenir en espurias luchas por el poder.

Y, sin embargo, en medio de ese escenario irreconciliable, ha ocurrido algo sorprendente para el gran público, no para los conocedores del eterno Sevilla FC: todos han sido capaces de ponerse de acuerdo para vender.

Ese detalle, que podría parecer menor, es en realidad colosal. Porque demuestra que, cuando el dinero aparece sobre la mesa, las diferencias cainitas desaparecen. Familias, amigos y eternos enemigos enfrentados durante años, bloques que no podían compartir ni una caña de cerveza, accionistas incapaces de consensuar una hoja de ruta económica y deportiva… todos han encontrado un punto común para hacer caja.

La pregunta resulta inevitable: si han sido capaces de unirse para vender el Sevilla FC, ¿por qué no vuelven a hacerlo para ponerlo a salvo de especuladores o de ignotos inversores?

La operación impulsada alrededor de Sergio Ramos y el fondo Five Eleven Capital ha sido presentada como la gran solución para el club. Pero cuanto más se conoce, más dudas parecen surgir. Incluso los protagonistas admiten incertidumbres sobre la capacidad financiera real de los potenciales compradores, sobre sus inconsistentes avales, sobre la complejidad jurídica que recae en muchos de los títulos en forma de embargos y pignoraciones de una parte del accionariado, la misma que se entrampó hasta el las cejas para su adquisición.

No había al menos hasta el día de ayer -eso dicen- un comprador inequívocamente sólido, transparente y contrastado que garantice estabilidad institucional y crecimiento deportivo. Lo que existe es una promesa. Y el Sevilla FC no está para promesas.

El club ya ha vivido el experimento del capital extranjero: 777 Partners dejó sospechas, enfrentamientos y una sensación permanente de inseguridad. Las acciones bloqueadas judicialmente en Estados Unidos y los problemas financieros del grupo terminaron convirtiendo aquella alianza en otro factor a sumar a la inestabilidad.

Durante decenios, el discurso de todos los sectores del sevillismo fue el mismo: “el club debe seguir siendo de los sevillistas”. Incluso desde dentro del consejo se rechazaba la entrada de socios sin control claro o modelos especulativos de propiedad. Ahora, sin embargo, conscientes de su incapacidad, parecen haberse impuesto la resignación y la calculadora.

Es cierto que la situación económica es más que delicada. También lo es que el deterioro deportivo ha sido alarmante en los últimos tiempos y que el modelo de gestión se ha agotado. Nadie puede negar esa realidad. Pero precisamente por eso resulta aún más doloroso que quienes han llevado a la institución hasta aquí pretendan hacer borrón y cuenta nueva sin intentar antes un último acuerdo por el propio Sevilla.

Con ser grave, el problema nunca fue únicamente económico. El gran cáncer del club ha sido -y continúa siendo- la división. El Sevilla de los éxitos ha quedado finalmente atrapado entre “políticas mezquinas” y luchas personales que impiden cualquier proyecto estable. Y esa percepción no ha cambiado. El sevillismo ha visto cómo cada facción parecía más preocupada por ganar una votación, incluso rozando la ilegalidad, que por construir un equilibrio perdurable.

Por eso, ante las dudas que ofrecían los inversores, al menos hasta ayer, haría falta hoy un gesto distinto. No un acuerdo para repartirse millones. Un acuerdo para reconstruir el Sevilla FC. Un pacto real entre las grandes familias accionariales. Un compromiso de estabilidad mínima. Una profesionalización de la gestión. Un consejo que piense más en la historia de Nervión -y en el legado de patrimonio, sangre, sudor y lágrimas de cientos de miles de recordados sevillistas- que en el rédito accionarial. Un proyecto económico serio antes de entregar el club a un comprador del que nadie -según cuentan- puede asegurar su solvencia a medio plazo.

Porque vender el Sevilla es irreversible. Y porque cuando un club pierde su identidad institucional, recuperarla cuesta décadas si no se pierde para siempre.

El sevillismo no necesita héroes financieros ni operaciones grandilocuentes. Necesita, como ya ha habido ocasión de disfrutar, de dirigentes capaces de entenderse y de entender que el Sevilla FC es más importante que uno cualquiera de sus accionistas.

Si han sido tan valientes para sentarse todos juntos y firmar una venta, deberían ser todavía más sevillistas para sentarse todos juntos y decidir no vender. Mientras no exista un comprador verdaderamente fiable, solvente y transparente, quizá el mayor acto de sevillismo no sea marcharse, quizá sea quedarse.

Y en éstas… desperté.


sábado, 9 de mayo de 2026

La cortina náutica. Romance

 



Por La Moncloa suspiran

ministros de gesto grave,

que cada martes preguntan

¿qué otros sumarios airaren?

 

Que si un juez pide papeles,

que si un socio ya no vale,

que si el telediario truena

en tambor de carnavales.

 

Pedro asoma a la ventana

con semblante de almirante:

“¿No hay decreto que me tape

este chaparrón constante?”

 

Y en Ferraz van los ujieres

como monjes por el claustro,

contando sentencias y autos

igual que ovejas sin pasto.

 

Uno propone comisiones,

otro sugiere debates,

y un asesor muy nervioso

susurra por los pasillos…

 

¡Hace falta ya una dana

que eclipse todo al instante!;

un meteorito, un ovni,

… o un barco muy inquietante.

 

Y apareció en lontananza,

según cuentan los vigías,

un navío misterioso

de muy incierta mercancía.

 

“Trae hantavirus”, murmuran

tertulianos, tal vez alcaldes,

mientras una España entera

olvida jueces y fraudes.

 

Las cadenas interrumpen

el control parlamentario,

para mostrar en directo

cada olita de escenario.

 

Ya Sánchez, desde cubierta,

argumentario mediante,

brinda tranquilo pensando

cuánto distrae un desastre.

 

Mas el pueblo, viejo zorro,

que ya vio muchos disfraces,

pregunta entre risotadas

Y mañana… “¿nos ofreces…?”

 

Porque en política sociata,

según reza el catecismo,

cuando arrecian los problemas

se tira de fanatismo.

 


Paco Romero


martes, 5 de mayo de 2026

Caldo de pucherazo

 



05/05/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

“El problema es que la propia historia del PSOE en asuntos electorales, heredada del caciquismo de finales del XIX y principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente en bulo cualquier crítica al respecto”

 

El pucherazo consistía -así, en pretérito imperfecto- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de votación, que se guardaban en los “pucheros”, entendidos como las “vasijas de barro o de otros materiales, con asiento pequeño, panza abultada, cuello ancho, una sola asa junto a la boca, y, por extensión, otros tipos de vasija”, tal y como recoge el diccionario de la RAE.

Si reproches e invectivas ha generado la Ley de Memoria Democrática: los nuevos oriundos de la pasada semana, agarrémonos fuerte que las curvas ya se otean en el inmediato horizonte.

La petición de la Fiscalía -informa The Objective- de imputar por presunto fraude electoral (irregularidades en 32 solicitudes de voto por correo en Albaida del Aljarafe durante las municipales de 2019) a Rocío López, teniente de alcalde del municipio y Secretaria de Infancia del PSOE sevillano, ha reavivado un debate incómodo sobre la calidad democrática en España en un momento especialmente sensible. No se trata únicamente de un caso local ni de una cuestión estrictamente judicial: la controversia se inserta en un clima político enrarecido donde confluyen decisiones de gran calado institucional, discursos de deslegitimación preventiva y una creciente desconfianza ciudadana basada en la aversión a los indignos comportamientos que a diario se vienen mostrando, en directo o en diferido, desde las salas del Tribunal Supremo, de la Audiencia Nacional o de la Ramón Rubial en Ferraz.

Según se ha conocido, el Ministerio Público aprecia indicios suficientes para investigar, además de a otros involucrados, a la concejal albaideja por supuestas anomalías vinculadas a procesos electorales. Aunque la presunción de inocencia debe prevalecer, la dimensión política del caso resulta innegable, especialmente por la doble condición de la afectada como cargo municipal y dirigente orgánica en una estructura provincial relevante, la socialista. La reacción de su partido, que ha optado por el silencio, contrasta con la contundencia de la oposición, que ha encontrado en este episodio un argumento más para cuestionar el afecto hacia la legalidad del socialismo patrio.

El contexto en el que emerge este caso es particularmente significativo. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, confirmó recientemente que, hasta el 31 de marzo de 2026, casi dos millones y medio de personas (el proceso sigue abierto) han solicitado la nacionalidad española al amparo de la Ley de Memoria Democrática. Este dato, de enorme impacto demográfico y político, refleja el alcance de una norma que dice buscar -así lo venden- una reparación de agravios históricos pero que también -y no cabe duda de que ése es el principal motivo, conocido ya el trápala muñidor de La Moncloa- tiene implicaciones contemporáneas, especialmente en términos de la pretendida ampliación a la carta del censo electoral o de la teoría del reemplazo como ya ha anunciado la líder podemita, Irene Montero.

Es aquí donde las declaraciones del líder de Vox, Santiago Abascal, adquieren relevancia: su advertencia de que el presidente Pedro Sánchez intentará “robar” las elecciones de 2027 mediante el control de la televisión pública y el CIS no solo eleva el tono del debate, sino que podría introducir, si finalmente no se sustancia, un elemento de deslegitimación anticipada de futuros resultados electorales.

Si bien conviene subrayar que España cuenta con mecanismos robustos de supervisión electoral y con instituciones independientes encargadas de garantizar la transparencia, la percepción ciudadana no siempre se rige por los mismos parámetros que la legalidad formal. En un entorno mediático fragmentado y altamente polarizado, la reiteración de acusaciones -aunque carezcan de respaldo probatorio- tiene efectos duraderos. El problema es que la propia historia del PSOE en tramas electorales, heredada del caciquismo de finales del XIX y principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente en bulo cualquier crítica al respecto.

La combinación de estos factores -un caso judicial que afecta a una dirigente socialista, un aumento significativo de inminentes nuevos ciudadanos españoles y un discurso político que cuestiona la neutralidad institucional- configura un escenario complejo. Por un lado, existe el riesgo de que casos individuales sean instrumentalizados para generalizar sospechas sobre el conjunto del sistema. Por otro, la proliferación de mensajes que ponen en duda, con más o menos pruebas, la limpieza de los procesos electorales puede erosionar la confianza pública, un pilar esencial de cualquier democracia consolidada. Confrontar ambos aspectos debería resultar fácil si la dirección de Ferraz no fuera, como la de La Casa Blanca, un ejemplo de manual de trastorno antisocial de la personalidad.

El caso de Albaida, en este sentido, actúa como catalizador de tensiones preexistentes. Si finalmente se confirma la existencia de ilegalidades (delito electoral), el impacto político será considerable y obligaría -así, en condicional- a una revisión interna en el seno del PSOE, algo que se vislumbra imposible en el lodazal en que ha convertido al histórico partido el enamorado esposo de Begoña.

Aunque el proceso de concesión de nacionalidad sigue unos criterios legales establecidos y no implica automáticamente la incorporación inmediata al cuerpo electoral, sí que estará vigente para los comicios de 2027 con su inscripción en el Registro Civil y el alta en el censo electoral (en el CERA como residentes en el extranjero). La magnitud de las solicitudes y el empacho de Sánchez de agotar la legislatura sin aprobar un solo presupuesto, no deja de ser un poderoso argumento para alimentar sospechas sobre posibles alteraciones del equilibrio político.

Más allá del desenlace judicial, lo relevante es la necesidad de preservar un debate público basado en hechos verificables y no en sospechas generalizadas. La democracia no solo se sustenta en normas e instituciones, sino también en la confianza compartida de que el juego político se desarrolla dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando esa confianza se resquebraja el coste es difícil de revertir. ¡Y en estas andamos!

En los próximos meses, a medida que avance tanto la investigación judicial como el proceso de concesión de nacionalidades y se acerque la convocatoria de las elecciones en 2027 (cerca de tres millones de nuevos compatriotas, distantes un océano, compartirán censo con nosotros), será crucial observar si los actores políticos optan por rebajar la confrontación o, por el contrario, profundizan en una estrategia de polarización. De esa elección dependerá en buena medida la salud del sistema democrático en España.

¿El pucherazo consiste -así, en presente de indicativo- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de votación, que se guardan por decenas en la misma casa? ¿En pucheros o en Correos?