miércoles, 22 de abril de 2026

La indignación selectiva alrededor del fútbol

 


22/04/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo


“La consistencia en la condena de cualquier forma de odio -sea por motivos religiosos, identitarios o políticos- es una condición necesaria para sostener un discurso público creíble, del que queda lejos el wokismo”

 

El fútbol español vuelve a colocarse en el centro de un debate incómodo, no tanto por lo que ocurre sobre el césped como por lo que se canta en la grada. En cuestión de días, varios episodios han reabierto una discusión conocida pero nunca resuelta: la coherencia -o su ausencia- en la condena pública de determinados comportamientos.

Por un lado, el cántico “musulmán el que no bote” desató una reacción inmediata. Instituciones, medios y representantes políticos tardaron apenas cinco minutos en señalar su carácter discriminatorio. Se anunció la activación de mecanismos legales y se apeló, una vez más, a la necesidad de erradicar el racismo del deporte. La contundencia fue, en términos generales, extravagante.

Sin embargo, el propio contexto futbolístico ofrece ejemplos que invitan a matizar. En ciudades como Sevilla es habitual escuchar en los estadios expresiones  parejas como “sevillista/bético el que no bote”, en referencia a los aficionados de sus clubes profesionales. Se trata de un cántico clásico de rivalidad, asumido como parte del folclore del fútbol, que nunca ha generado acusaciones de xenofobia ni ha provocado reacciones institucionales. La diferencia, ahora, se pretende hacer radicar en el objeto del cántico: “no es lo mismo una identidad deportiva que una religiosa”. Sin embargo, el contexto es idéntico (un estadio de fútbol), la estructura semejante (no botan, no gozan, no se divierten los seguidores rivales), y ese paralelismo basta para explicar por qué los sectores menos influenciables de la sociedad perciben cierta sobrerreacción en unos casos y normalización en otros.

Por otro lado, la polémica surgida por los cánticos de aficionados de la Real Sociedad en Sevilla, con la controvertida referencia a ETA, tiene para la progresía rampante una percepción distinta. Más matizada, más ambigua, más dependiente del contexto lingüístico o cultural. Para estos, se trata de un juego de palabras en euskera; para los moralmente inferiores pero con una dotación normal de materia gris, una alusión inaceptable a una organización terrorista cuya huella criminal, rebautizada a conveniencia, sigue siendo profunda en la sociedad española.

La diferencia en la intensidad de la reacción no puede explicarse únicamente por el contenido de los cánticos. Ambos tocan elementos sensibles: unos, la identidad y la religión; el otro, la memoria del terrorismo. Sin embargo, el tratamiento público no ha sido equiparable. Y ahí es donde emerge una cuestión más amplia: la existencia de una jerarquía implícita de indignaciones.

El contraste con cánticos como “sevillista/bético el que no bote” introduce un matiz importante: no toda consigna excluyente es automáticamente percibida como discriminatoria. El contexto, el grupo al que se dirige y la carga histórica del término son determinantes. La rivalidad deportiva se tolera como parte del espectáculo, sencillamente porque viene de lejos y la tenemos asumida; la referencia religiosa protagonizada por los ignaros cantarines, no. Y la tolerancia política, como en el caso de ETA, abre un terreno gris a la ambigüedad donde la condena no es que pierda contundencia, es que no se produce.

En este contexto de condenas y matizaciones, el lenguaje político, que al fin y a la postre es el usado, desempeña un papel relevante. Así, expresiones como “nos va la vida”, repetidas en numerosas intervenciones por la candidata a palos, María Jesús Montero, reflejan una tendencia a elevar determinados debates a un plano de urgencia existencial.

La frase “nos va la vida” -original de Carmen Calvo el 8M de 2020 cuando animaba de ese modo a las mujeres a asistir a la manifestación y que, tras acabar en la UCI de la Ruber, bien pudo costársela a ella- busca movilizar, generar conciencia, subrayar la importancia de ciertas decisiones colectivas. Pero su uso reiterado también plantea una pregunta inevitable: ¿qué temas merecen ese nivel de dramatización y cuáles no?

Cuando la gravedad se distribuye de forma desigual, el discurso público corre el riesgo de perder coherencia. Si todo es urgente, nada lo es realmente. Y si solo algunas cuestiones se presentan como vitales, el criterio deja de parecer universal para volverse selectivo.

El fútbol, con su capacidad de amplificación, actúa como un espejo de estas tensiones. Lo que sucede en las gradas no es un fenómeno aislado, sino una prolongación de debates sociales más amplios. Los cánticos no nacen en el estadio: se gestan en el clima cultural, político y mediático que nos rodea.

Por eso, la cuestión de fondo no es solo qué se canta, sino cómo reaccionamos ante ello. La consistencia en la condena de cualquier forma de odio -sea por motivos religiosos, identitarios o políticos- es una condición necesaria para sostener un discurso público creíble, del que queda lejos el wokismo y uno de sus máximos exponentes, mi Marixu. Porque, al final, la verdadera prueba no está en denunciar lo que resulta evidente, sino en mantener el mismo criterio cuando el contexto cambia sutilmente y se vuelve incómodo.


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