03/04/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
En política, como en la vida, hay decisiones que se anuncian con toda la solemnidad y se practican con innegable flexibilidad. Algo así parece estar ocurriendo con la reciente postura del resiliente de La Moncloa respecto al uso de las bases militares estadounidenses en España, un asunto que, lejos de cerrarse con declaraciones contundentes en las dos orillas del Atlántico, ha terminado adquiriendo matices… curiosos.
Sánchez defendió con firmeza, de cara a
sus adictos, la limitación del uso de estas instalaciones a los Estados Unidos para
operaciones militares en la Guerra de Irán, apelando a la soberanía nacional y
a esa necesidad de marcar perfil propio en el complejo tablero internacional.
Sin embargo, la realidad -siempre menos disciplinada que los discursos- ha
dejado al descubierto que, tras el ventajista anuncio, la base de Rota ha
seguido desempeñando un papel activo en operaciones militares del Próximo
Oriente.
La contradicción no sería especialmente
llamativa en el terreno diplomático, donde los equilibrios suelen ser
delicados, si no fuera por un detalle adicional que roza lo esperpéntico: el feroz
opositor al uso de las bases por el ejército norteamericano ha venido a
utilizar la de Rota como punto de acercamiento para sus desplazamientos privados
-falcon mediante- al Palacio público de Las Marismillas, en pleno
entorno de Doñana. ¡Felices y regaladas vacaciones!
Así, mientras el uso militar estadounidense
se cuestiona de cara a su entusiasta público, la base militar mantiene su
utilidad para viajes mucho más mundanos, aunque no por ello menos exclusivos.
La imagen es difícil de ignorar: pistas de aterrizaje que, según el relato
oficial, no deben servir a determinados fines estratégicos, pero que
siguen siendo perfectamente válidas para facilitar las escapadas
presidenciales particulares.
Este doble rasero, más allá de su carga
simbólica, plantea los interrogantes de siempre sobre la coherencia entre
discurso y práctica en la cabeza de Falconetti. Porque si algo ha demostrado la
política reciente es que las decisiones no solo se juzgan por lo que se dice,
sino también -y sobre todo- por lo que se hace.
En definitiva, la base de Rota se ha
convertido en un ejemplo perfecto de esa elasticidad política que
ha permitido restringir usos en teoría, mientras se han mantenido en la
práctica. Una infraestructura que, dependiendo del contexto, puede ser
cuestionada, tolerada o incluso convenientemente aprovechada
para, sin despeinarse, transitar del no a la guerra a la merecida paz del
guerrero.
Quizá no sea una contradicción, dirán algunos, sino simplemente una “cuestión de prioridades”; otra, dirá el resto. O quizá, como tantas veces, sea una muestra más de que en política, especialmente si hablamos del inquilino monclovita, las líneas rojas no siempre son tan rojas… ni tan siquiera líneas.
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