Hay imágenes que desafían toda lógica. Un vegano inaugurando una cadena de asadores. Un ecologista presumiendo de su colección de todoterrenos de doce cilindros. Un anarquista pidiendo más burocracia. Y, en esa misma categoría de paradojas, aparece el militante de izquierdas, el socialista convencido, el azote del capitalismo... celebrando los goles del Real de Madrid.
Porque una cosa es
separar deporte y política y otra muy distinta es hacer desaparecer la realidad
agitando la bufanda.
El discurso suele ser
impecable de lunes a viernes: hay que combatir los privilegios, redistribuir la
riqueza, limitar el poder de las grandes corporaciones, poner freno a los
monopolios, defender a los débiles frente a los fuertes y desconfiar de quienes
siempre ganan porque juegan con ventaja. Pero llega el sábado y el mismo
ciudadano se transforma. Guarda el manifiesto, se enfunda la camiseta blanca y
comienza a animar con entusiasmo a la mayor multinacional futbolística del
planeta. Al club que factura cientos de millones, que convierte cada verano el
mercado de fichajes en una exhibición de músculo financiero y cuya marca vale
más que el PIB de algunos pequeños países.
De pronto, el monopolio
deja de ser un problema, la concentración de riqueza ya no indigna, el poder
económico se convierte en “una gestión ejemplar” y el apabullante dominio de
los grandes sobre los pequeños se justifica con el tan socorrido “ADN ganador”.
Milagros de la pasión futbolística.
Resulta fascinante
observar cómo algunos descubren que el capitalismo es insoportable... salvo
cuando viste de blanco.
El Real Madrid,
merecidamente, representa casi todo aquello que la izquierda suele denunciar
cuando cambia el balón por el boletín oficial. Es éxito acumulado, músculo
financiero, influencia institucional, capacidad para atraer a las mayores
estrellas, patrocinadores globales, poder mediático y una marca convertida en
icono del mercado mundial.
Sin embargo, ahí están
cientos de miles de militantes del progretariado celebrando cada
victoria como si acabaran de derrotar al capitalismo... cuando, en realidad,
están aplaudiendo, si no la que más, una de sus expresiones más exitosas.
Si el Real Madrid fuera
una mercantil dedicada a fabricar teléfonos móviles, gestionar autopistas o
explotar plataformas digitales, la práctica totalidad de esos mismos
aficionados pedirían dividirla por abuso de posición dominante. Pero… juega al
fútbol y resplandece el argumento definitivo: “El fútbol no tiene nada que ver
con la política”.
Sin embargo, el fútbol sí
tiene relación con la política cuando hay que denunciar racismo, homofobia,
violencia, discriminación, corrupción, desigualdad salarial o derechos
laborales y descubrimos que el deporte es un extraordinario instrumento de
transformación social. Pero deja misteriosamente de tener contenido político
cuando se evidencia que el club más poderoso del mundo simboliza precisamente
la concentración de recursos y prestigio que los mismos critican en otros
ámbitos.
Se consigue así, para
seguir tirando, una selectiva desconexión ideológica: algo parecido a defender
la sanidad pública mientras se presume de seguro privado exclusivo, o criticar
la especulación inmobiliaria desde el ático adquirido gracias a ella.
La pasión futbolística
tiene una virtud extraordinaria: consigue que personas extremadamente
coherentes en casi todos los aspectos de su vida suspendan voluntariamente el
pensamiento crítico durante noventa minutos. Y no pasa nada. Todos tenemos
contradicciones, pero Pablo Iglesias, gracias, nos enseña a cabalgarlas.
Porque el problema no es
ser de izquierdas y del Real Madrid. El problema es fingir eternamente que no
existe ninguna tensión entre ambos ideales. Se puede ser socialista y
madridista, igual que se puede ser vegetariano y disfrutar del aroma de una
parrillada. La libertad consiste precisamente en eso. Lo que resulta más
difícil es sostener, sin que aparezca una sonrisa irónica, que el club más
poderoso, más rico, más influyente y más globalizado del fútbol mundial
representa la lucha de los débiles frente a los fuertes.
Hay contradicciones humanas, cierto, y luego está cantar “¡Hala Madrid!” después de haber pasado la semana denunciando las injusticias del capitalismo entonando puño en alto “¡A las barricadas!”. Ésta ya pertenece a una categoría superior: la de las acrobacias ideológicas con balón de cuero.