05/05/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“El problema es que la propia historia
del PSOE en asuntos electorales, heredada del caciquismo de finales del XIX y
principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente en bulo cualquier
crítica al respecto”
El pucherazo consistía -así, en pretérito
imperfecto- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de
votación, que se guardaban en los “pucheros”, entendidos como las “vasijas
de barro o de otros materiales, con asiento pequeño, panza abultada, cuello
ancho, una sola asa junto a la boca, y, por extensión, otros tipos de vasija”,
tal y como recoge el diccionario de la RAE.
Si reproches e invectivas ha generado la Ley de Memoria Democrática: los nuevos oriundos de
la pasada semana, agarrémonos fuerte que las curvas ya se otean en el inmediato
horizonte.
La petición de la Fiscalía -informa The
Objective- de imputar por presunto fraude electoral (irregularidades
en 32 solicitudes de voto por correo en Albaida del Aljarafe durante las
municipales de 2019) a Rocío López, teniente de alcalde del municipio y
Secretaria de Infancia del PSOE sevillano, ha reavivado un debate incómodo
sobre la calidad democrática en España en un momento especialmente sensible. No
se trata únicamente de un caso local ni de una cuestión estrictamente judicial:
la controversia se inserta en un clima político enrarecido donde confluyen
decisiones de gran calado institucional, discursos de deslegitimación
preventiva y una creciente desconfianza ciudadana basada en la aversión a los indignos
comportamientos que a diario se vienen mostrando, en directo o en diferido, desde
las salas del Tribunal Supremo, de la Audiencia Nacional o de la Ramón Rubial
en Ferraz.
Según se ha conocido, el Ministerio
Público aprecia indicios suficientes para investigar, además de a otros
involucrados, a la concejal albaideja por supuestas anomalías vinculadas a
procesos electorales. Aunque la presunción de inocencia debe prevalecer, la
dimensión política del caso resulta innegable, especialmente por la doble
condición de la afectada como cargo municipal y dirigente orgánica en una
estructura provincial relevante, la socialista. La reacción de su partido, que
ha optado por el silencio, contrasta con la contundencia de la oposición, que
ha encontrado en este episodio un argumento más para cuestionar el afecto hacia
la legalidad del socialismo patrio.
El contexto en el que emerge este caso es
particularmente significativo. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel
Albares, confirmó recientemente que, hasta el 31 de marzo de 2026, casi dos millones
y medio de personas (el proceso sigue abierto) han solicitado la nacionalidad
española al amparo de la Ley de Memoria Democrática. Este dato, de enorme
impacto demográfico y político, refleja el alcance de una norma que dice buscar
-así lo venden- una reparación de agravios históricos pero que también -y no
cabe duda de que ése es el principal motivo, conocido ya el trápala muñidor de
La Moncloa- tiene implicaciones contemporáneas, especialmente en términos de la
pretendida ampliación a la carta del censo electoral o de la teoría
del reemplazo como ya ha anunciado la líder podemita, Irene Montero.
Es aquí donde las declaraciones del líder
de Vox, Santiago Abascal, adquieren relevancia: su advertencia de que el
presidente Pedro Sánchez intentará “robar” las elecciones de 2027 mediante el
control de la televisión pública y el CIS no solo eleva el tono del debate,
sino que podría introducir, si finalmente no se sustancia, un elemento de
deslegitimación anticipada de futuros resultados electorales.
Si bien conviene subrayar que España
cuenta con mecanismos robustos de supervisión electoral y con instituciones
independientes encargadas de garantizar la transparencia, la percepción
ciudadana no siempre se rige por los mismos parámetros que la legalidad formal.
En un entorno mediático fragmentado y altamente polarizado, la reiteración de
acusaciones -aunque carezcan de respaldo probatorio- tiene efectos duraderos.
El problema es que la propia historia del PSOE en tramas electorales, heredada
del caciquismo de finales del XIX y principios del XX, no ayuda a convertir automáticamente
en bulo cualquier crítica al respecto.
La combinación de estos factores -un caso
judicial que afecta a una dirigente socialista, un aumento significativo de inminentes
nuevos ciudadanos españoles y un discurso político que cuestiona la neutralidad
institucional- configura un escenario complejo. Por un lado, existe el riesgo
de que casos individuales sean instrumentalizados para generalizar sospechas
sobre el conjunto del sistema. Por otro, la proliferación de mensajes que ponen
en duda, con más o menos pruebas, la limpieza de los procesos electorales puede
erosionar la confianza pública, un pilar esencial de cualquier democracia
consolidada. Confrontar ambos aspectos debería resultar fácil si la dirección
de Ferraz no fuera, como la de La Casa Blanca, un ejemplo de manual de
trastorno antisocial de la personalidad.
El caso de Albaida, en este sentido,
actúa como catalizador de tensiones preexistentes. Si finalmente se confirma la
existencia de ilegalidades (delito electoral), el impacto político será
considerable y obligaría -así, en condicional- a una revisión interna en el
seno del PSOE, algo que se vislumbra imposible en el lodazal en que ha
convertido al histórico partido el enamorado esposo de Begoña.
Aunque el proceso de concesión de
nacionalidad sigue unos criterios legales establecidos y no implica
automáticamente la incorporación inmediata al cuerpo electoral, sí que estará
vigente para los comicios de 2027 con su inscripción en el Registro Civil y el
alta en el censo electoral (en el CERA como residentes en el extranjero). La
magnitud de las solicitudes y el empacho de Sánchez de agotar la legislatura
sin aprobar un solo presupuesto, no deja de ser un poderoso argumento para
alimentar sospechas sobre posibles alteraciones del equilibrio político.
Más allá del desenlace judicial, lo
relevante es la necesidad de preservar un debate público basado en hechos
verificables y no en sospechas generalizadas. La democracia no solo se sustenta
en normas e instituciones, sino también en la confianza compartida de que el
juego político se desarrolla dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando esa
confianza se resquebraja el coste es difícil de revertir. ¡Y en estas andamos!
En los próximos meses, a medida que
avance tanto la investigación judicial como el proceso de concesión de
nacionalidades y se acerque la convocatoria de las elecciones en 2027 (cerca de
tres millones de nuevos compatriotas, distantes un océano, compartirán censo
con nosotros), será crucial observar si los actores políticos optan por rebajar
la confrontación o, por el contrario, profundizan en una estrategia de
polarización. De esa elección dependerá en buena medida la salud del sistema
democrático en España.
¿El pucherazo consiste -así, en presente de indicativo- en la manipulación electoral mediante la retención de papeletas de votación, que se guardan por decenas en la misma casa? ¿En pucheros o en Correos?
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