02/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
Hay algo profundamente enigmático en la
tragedia de la institución nervionense: un club gigantesco gestionado como una
comunidad de vecinos en guerra permanente. Un equipo con siete Europas League,
una afición monumental y una historia que de codearse con los grandes de Europa
se ha reducido hoy a una mezcla tóxica de litigios, venganzas personales y
balances financieros dignos de una partida de Monopoly jugada por
despiadados enemigos en plena madrugada.
El Sevilla vive una crisis deportiva que,
con ser enorme, no es lo que más preocupa. Vive algo peor: una crisis moral
de identidad generada por las diferencias, contiendas y querellas de sus propietarios
mayoritarios.
El dato retrata el disparate con
precisión quirúrgica: el capital social del club apenas supera los 6,2 millones
de euros (103.467 acciones de sesenta euros de valor nominal cada una de ellas).
Algo más de seis millones. Una cifra que en el fútbol moderno no llega para
alcanzar la ficha de un lateral mediocre uruguayo con vídeos espectaculares en
YouTube y dos rodillas bajo sospecha. Sin embargo, los grandes accionistas -que
controlan alrededor del 80 % de la entidad, tras recomprar al alza a miles de
pequeños accionistas- continúan en la pretensión de colocar ese
porcentaje del club al mejor postor por unos 400 millones de euros, obteniendo,
según se ha publicado, una plusvalía cuya cifra se aproxima al resultado de
multiplicar el valor de las acciones en origen por 80 (4.800 euros por título),
si bien otras fuentes absolutamente fiables limitan el resultado a 3.400
euros por acción, con un coeficiente multiplicador, tampoco despreciable, del
56,66.
No se entiendan estas cuentas a grosso
modo como sagradas e inatacables, pues los grandes poseedores, para serlo -salvo
una familia sin necesidades en ese aspecto- han invertido cantidades ingentes
en créditos para obtener acciones a precio muy superiores al nominal.
Circunstancia ésta que también ha dejado su rastro en forma de pignoraciones y
embargos en muchos de los títulos presentados a los compradores.
Esto, por tanto, no es una operación
financiera. Esto es el pelotazo definitivo para ellos y para toda su prole en
unas cuantas generaciones. Es el sueño húmedo del capitalismo casposo:
comprar barato, heredar caro, pelearse durante años y, cuando el edificio ha
resultado arruinado por las agresiones continuas a sus cimientos de los
obligados a su mantenimiento, intentar venderlo como si fuera el Sánchez
Pizjuán con vistas a Central Park.
Lo verdaderamente fascinante no es la
cifra. Lo absolutamente extraordinario es el milagro político de la miseria
humana que ha producido semejante expectativa económica: los mismos grupos
accionariales que llevan años atacándose mutuamente y destruyendo al club, descubrieron
de repente las virtudes del consenso cuando apareció la posibilidad de llenar
sus bolsillos. Ahí sí hubo unidad. Para gestionar el Sevilla, no. Para
construir un proyecto sólido, tampoco. Para proteger el prestigio bien ganado
del club, menos aún.
Porque el deterioro deportivo no aparece
por generación espontánea. Cuando los dirigentes convierten el club en un campo
de batalla societario, la decadencia termina bajando al césped. Se cobra de
diez por malgestionar, se despide mal, se ficha peor, se improvisa
constantemente y se transmite una imagen institucional impropia de una entidad
que hace menos de un lustro levantaba títulos continentales con una naturalidad
insultante.
El sevillista, mientras tanto, contempla
la situación atrapado entre la rabia y la impotencia. Porque la afición sí ha
entendido algo elemental desde antes de su conversión en sociedad anónima: el
Sevilla no puede ser un simple activo financiero. No es una promotora
inmobiliaria ni una empresa tecnológica esperando una oferta de compra. Es una
institución más que centenaria sostenida emocionalmente por cientos de miles de
personas que han heredado el sentimiento como se hereda un apellido y a la que los
actuales dirigentes le han dado jaque en su demencial partida ajedrecista.
Porque la famosa operación de venta, que
algunos daban casi por hecha, ha desembocado en una ruptura absoluta, tras ir
mostrando síntomas constantes de desinflarse. Y se ha llegado aquí tal vez
porque los posibles compradores han descubierto algo obvio: no basta con
adquirir acciones, que parece ser lo único importante para la mayoritaria;
más necesario aún es inflar las arcas para la supervivencia más inmediata. Sin
olvidar que también han debido sentir en el cogote la dificultad de la parte
sentimental de la que nadie habla y que en el Sevilla FC es historia por sí
sola: la herencia de un clima irrespirable, de una estructura enfrentada y de
una afición agotada de promesas incumplidas, pero extraordinariamente temible
cuando de defender su escudo se trata.
Para los propietarios actuales -¡sálvese
quien pueda!- el club parece haberse convertido únicamente en una cifra. Y, de
momento, tanta ambición no les ha salido bien, tanto que Sergio Ramos,
cabeza visible de los ofertantes, anuncia para hoy una rueda de prensa en la
que pretende dejar títere sin cabeza, tras conocer de cerca las ansias de euros
y la abulia por la gestión de los actuales mandatarios.
El problema no es solo económico. El
problema es la ausencia absoluta de grandeza de los dirigentes actuales que lo
único que han evidenciado es que, tras años de riñas tabernarias, se han puesto
de acuerdo para pegar el pelotazo en cinco minutos. Y tras el portazo
inversor, continúan mostrándose incapaces de apartar cuitas personales para
realizar un nuevo Gran Pacto por el Sevilla, lo que sigue
pareciendo imposible cuando todos parecen tener en la mirada el símbolo del
dólar al estilo del Tío Gilito.
Llegado a este punto, podría esperarse un
gesto mínimo de responsabilidad histórica. Aparcar demandas. Rebajar tensiones.
Construir una paz institucional. Pensar en el Sevilla antes que en el paquete
accionarial. Actuar como custodios temporales de un patrimonio colectivo y no
como corredores de bolsa en una subasta de activos volátiles y acciones
especulativas, a la espera de tiempos más sosegados.
Al tiempo, las asociaciones más
representativas de la afición pretenden salir al rescate a través de tres
medidas tan dignas como -al menos dos de ellas- quiméricas, que resumen en:
1. Reprobación, dimisión y cese del
actual Consejo de Administración, convocando una junta general extraordinaria.
2. Consejo de salvación unitario y
consensuado.
3. Ampliación de capital con exclusión
del derecho de suscripción preferente.
El Sevilla no está actualmente para
grandes proclamas al estilo del periodo 1995-1997. Entonces el sevillismo de
base, antes de la compra desaforada de acciones, controlaba una parte
importante de su capital y sus decisiones se veían reflejadas de alguna manera
en los órganos de gobierno del club, lo que sin duda contribuyó a la
estabilidad.
El único punto todavía alcanzable, que
coincide con este pregón, debiera ser la consecución de lo establecido
en el punto 2, pero sin necesidad de una convocatoria extraordinaria de junta
general, sencillamente porque en las sociedades anónimas (también en las
deportivas) manda el dinero por encima del sentimiento.
Sí serían trascendentes, al estilo de
aquel 2 de agosto del que el pasado año se cumplieron 30 años, las
movilizaciones en la calle, no solo del sevillismo, sino del conjunto de la
sociedad que incluye al gobierno local (políticos y autoridades), los
empresarios, los medios de comunicación y los líderes sociales o comunitarios,
como entonces ocurrió. En definitiva, representantes de corporaciones
sevillanas que, ante la gravedad de la situación, sean capaces de apiñar a los
que tienen el poder para conseguir esa nueva conjunción de fuerzas en el órgano
de gobierno sevillista.
Si no lo conseguimos, el Sevilla seguirá
atrapado en la misma guerra de egos donde todos aseguran -aseguramos- amar al
club mientras contribuyen -contribuimos- diariamente a empequeñecerlo.
Y esa es quizá la tragedia más dolorosa: en
Nervión no falta grandeza deportiva, lo que escasea dramáticamente es grandeza
humana en los despachos. El problema del Sevilla no es quién compra, es quién
lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee.
El Sevilla no está arruinado por falta de
historia, ni de masa social, ni de potencial. Está bloqueado por quienes
deberían protegerlo y el sevillismo está llamado otra vez a “dejar las cosas en
su sitio”.
¿Habrá mate final o esta afición
será capaz de revertir la situación en pos de unas tablas que hoy
parecen imposibles?
¡Somos el sevillismo… !
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