martes, 2 de junio de 2026

Jaque al Sevilla FC

 


02/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 “El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee”

 El pasado 24 de mayo (“Sevilla FC: vender es lo fácil; unirse sería el verdadero acto de sevillismo”) tuvimos ocasión de referirnos a la situación por la que pasa el club más laureado del Sur de España: en venta al mejor postor… y abandonado por sus dueños.

Hay algo profundamente enigmático en la tragedia de la institución nervionense: un club gigantesco gestionado como una comunidad de vecinos en guerra permanente. Un equipo con siete Europas League, una afición monumental y una historia que de codearse con los grandes de Europa se ha reducido hoy a una mezcla tóxica de litigios, venganzas personales y balances financieros dignos de una partida de Monopoly jugada por despiadados enemigos en plena madrugada.

El Sevilla vive una crisis deportiva que, con ser enorme, no es lo que más preocupa. Vive algo peor: una crisis moral de identidad generada por las diferencias, contiendas y querellas de sus propietarios mayoritarios.

El dato retrata el disparate con precisión quirúrgica: el capital social del club apenas supera los 6,2 millones de euros (103.467 acciones de sesenta euros de valor nominal cada una de ellas). Algo más de seis millones. Una cifra que en el fútbol moderno no llega para alcanzar la ficha de un lateral mediocre uruguayo con vídeos espectaculares en YouTube y dos rodillas bajo sospecha. Sin embargo, los grandes accionistas -que controlan alrededor del 80 % de la entidad, tras recomprar al alza a miles de pequeños accionistas- continúan en la pretensión de colocar ese porcentaje del club al mejor postor por unos 400 millones de euros, obteniendo, según se ha publicado, una plusvalía cuya cifra se aproxima al resultado de multiplicar el valor de las acciones en origen por 80 (4.800 euros por título), si bien otras fuentes absolutamente fiables limitan el resultado a 3.400 euros por acción, con un coeficiente multiplicador, tampoco despreciable, del 56,66.

No se entiendan estas cuentas a grosso modo como sagradas e inatacables, pues los grandes poseedores, para serlo -salvo una familia sin necesidades en ese aspecto- han invertido cantidades ingentes en créditos para obtener acciones a precio muy superiores al nominal. Circunstancia ésta que también ha dejado su rastro en forma de pignoraciones y embargos en muchos de los títulos presentados a los compradores.

Esto, por tanto, no es una operación financiera. Esto es el pelotazo definitivo para ellos y para toda su prole en unas cuantas generaciones. Es el sueño húmedo del capitalismo casposo: comprar barato, heredar caro, pelearse durante años y, cuando el edificio ha resultado arruinado por las agresiones continuas a sus cimientos de los obligados a su mantenimiento, intentar venderlo como si fuera el Sánchez Pizjuán con vistas a Central Park.

Lo verdaderamente fascinante no es la cifra. Lo absolutamente extraordinario es el milagro político de la miseria humana que ha producido semejante expectativa económica: los mismos grupos accionariales que llevan años atacándose mutuamente y destruyendo al club, descubrieron de repente las virtudes del consenso cuando apareció la posibilidad de llenar sus bolsillos. Ahí sí hubo unidad. Para gestionar el Sevilla, no. Para construir un proyecto sólido, tampoco. Para proteger el prestigio bien ganado del club, menos aún.

Porque el deterioro deportivo no aparece por generación espontánea. Cuando los dirigentes convierten el club en un campo de batalla societario, la decadencia termina bajando al césped. Se cobra de diez por malgestionar, se despide mal, se ficha peor, se improvisa constantemente y se transmite una imagen institucional impropia de una entidad que hace menos de un lustro levantaba títulos continentales con una naturalidad insultante.

El sevillista, mientras tanto, contempla la situación atrapado entre la rabia y la impotencia. Porque la afición sí ha entendido algo elemental desde antes de su conversión en sociedad anónima: el Sevilla no puede ser un simple activo financiero. No es una promotora inmobiliaria ni una empresa tecnológica esperando una oferta de compra. Es una institución más que centenaria sostenida emocionalmente por cientos de miles de personas que han heredado el sentimiento como se hereda un apellido y a la que los actuales dirigentes le han dado jaque en su demencial partida ajedrecista.

Porque la famosa operación de venta, que algunos daban casi por hecha, ha desembocado en una ruptura absoluta, tras ir mostrando síntomas constantes de desinflarse. Y se ha llegado aquí tal vez porque los posibles compradores han descubierto algo obvio: no basta con adquirir acciones, que parece ser lo único importante para la mayoritaria; más necesario aún es inflar las arcas para la supervivencia más inmediata. Sin olvidar que también han debido sentir en el cogote la dificultad de la parte sentimental de la que nadie habla y que en el Sevilla FC es historia por sí sola: la herencia de un clima irrespirable, de una estructura enfrentada y de una afición agotada de promesas incumplidas, pero extraordinariamente temible cuando de defender su escudo se trata.

Para los propietarios actuales -¡sálvese quien pueda!- el club parece haberse convertido únicamente en una cifra. Y, de momento, tanta ambición no les ha salido bien, tanto que Sergio Ramos, cabeza visible de los ofertantes, anuncia para hoy una rueda de prensa en la que pretende dejar títere sin cabeza, tras conocer de cerca las ansias de euros y la abulia por la gestión de los actuales mandatarios.

El problema no es solo económico. El problema es la ausencia absoluta de grandeza de los dirigentes actuales que lo único que han evidenciado es que, tras años de riñas tabernarias, se han puesto de acuerdo para pegar el pelotazo en cinco minutos. Y tras el portazo inversor, continúan mostrándose incapaces de apartar cuitas personales para realizar un nuevo Gran Pacto por el Sevilla, lo que sigue pareciendo imposible cuando todos parecen tener en la mirada el símbolo del dólar al estilo del Tío Gilito.

Llegado a este punto, podría esperarse un gesto mínimo de responsabilidad histórica. Aparcar demandas. Rebajar tensiones. Construir una paz institucional. Pensar en el Sevilla antes que en el paquete accionarial. Actuar como custodios temporales de un patrimonio colectivo y no como corredores de bolsa en una subasta de activos volátiles y acciones especulativas, a la espera de tiempos más sosegados.

Al tiempo, las asociaciones más representativas de la afición pretenden salir al rescate a través de tres medidas tan dignas como -al menos dos de ellas- quiméricas, que resumen en:

1. Reprobación, dimisión y cese del actual Consejo de Administración, convocando una junta general extraordinaria.

2. Consejo de salvación unitario y consensuado.

3. Ampliación de capital con exclusión del derecho de suscripción preferente.

El Sevilla no está actualmente para grandes proclamas al estilo del periodo 1995-1997. Entonces el sevillismo de base, antes de la compra desaforada de acciones, controlaba una parte importante de su capital y sus decisiones se veían reflejadas de alguna manera en los órganos de gobierno del club, lo que sin duda contribuyó a la estabilidad.

El único punto todavía alcanzable, que coincide con este pregón, debiera ser la consecución de lo establecido en el punto 2, pero sin necesidad de una convocatoria extraordinaria de junta general, sencillamente porque en las sociedades anónimas (también en las deportivas) manda el dinero por encima del sentimiento.

Sí serían trascendentes, al estilo de aquel 2 de agosto del que el pasado año se cumplieron 30 años, las movilizaciones en la calle, no solo del sevillismo, sino del conjunto de la sociedad que incluye al gobierno local (políticos y autoridades), los empresarios, los medios de comunicación y los líderes sociales o comunitarios, como entonces ocurrió. En definitiva, representantes de corporaciones sevillanas que, ante la gravedad de la situación, sean capaces de apiñar a los que tienen el poder para conseguir esa nueva conjunción de fuerzas en el órgano de gobierno sevillista.

Si no lo conseguimos, el Sevilla seguirá atrapado en la misma guerra de egos donde todos aseguran -aseguramos- amar al club mientras contribuyen -contribuimos- diariamente a empequeñecerlo.

Y esa es quizá la tragedia más dolorosa: en Nervión no falta grandeza deportiva, lo que escasea dramáticamente es grandeza humana en los despachos. El problema del Sevilla no es quién compra, es quién lleva demasiado tiempo sin valorar lo que posee.

El Sevilla no está arruinado por falta de historia, ni de masa social, ni de potencial. Está bloqueado por quienes deberían protegerlo y el sevillismo está llamado otra vez a “dejar las cosas en su sitio”.

¿Habrá mate final o esta afición será capaz de revertir la situación en pos de unas tablas que hoy parecen imposibles?

¡Somos el sevillismo… !


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