01/06/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Cambian los gobiernos, cambian
los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo
brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder”
España tiene una habilidad prodigiosa para reciclar comportamientos sin necesidad de reciclar ideas. La moda cambia la vestimenta, las fotos pasan del blanco y negro al filtro de Instagram, pero el poder sigue desarrollando idénticas aficiones: los despachos amplios, los espejos, las moquetas gordas, las adulaciones discretas y, cómo no, las joyas.
Dicen que el pueblo, pero seguramente sería un avispado socialista, quien bautizó a doña Carmen Polo con el sobrenombre de “La Collares”, que en España no hay título nobiliario más definitivo que el que concede el sarcasmo popular. No hacía falta BOE ni marquesado. Para ello, bastó verla lucir la media docena de collares -siempre los mismos- que camuflaba el resto de la bisutería, junto a su sempiterno abrigo de pelo de camello, con esa solemnidad de emperatriz de sacristía que tanto fascinaba al régimen. Ella representaba esa España del “usted no sabe quién soy yo”, aunque todavía no se hubiese inventado la frase, entre otras cosas porque los hermanos Guerra aún eran unos críos y Pablo Iglesias o Irene Montero no estaban ni encargados.
La leyenda -que en España suele ser más precisa que muchos archivos oficiales- aseguraba que las joyerías temblaban cuando doña Carmen aparecía por la puerta. No porque fuera a robar nada, claro; eso habría sido vulgar. El auténtico privilegio consistía -así, en pretérito imperfecto- en que todo el mundo quería regalarle las cosas antes siquiera de que las pidieras.
Décadas después, los españoles creímos haber cambiado de status. Llegó la democracia, prometiendo transparencia, igualdad y modernidad europea; llegaron las chaquetas de pana y las promesas de regeneración. Pero el poder tiene memoria genética. Y, efectivamente, aparecieron nuevas figuras consortes que, sin visitar las joyerías, aseguran poseer herencias repletas de amarillo. Es el caso de doña Sonsoles, esposa de Zapatero, figura siempre discreta, casi silenciosa, como corresponde a la política moderna, la que prefiere la estética de la sencillez estudiada: sonrisa institucional, perfil bajo y joyero alto.
Quienes decían que en la España actual ya no se heredan coronas, que solo se heredan ambientes y deudas, no conocían a Sonsoles, ni a su enamorado cónyuge. ¡No hay quien empate a un socialista en cuestiones del amor!, diría el hoy discípulo de ZP en La Moncloa.
Y es que el hallazgo de un arsenal de alhajas en el despacho del socialista Zapatero en la madrileña calle de Ferraz, frente justo a la sede socialista de la misma calle, ha devuelto a muchos españoles una sensación profundamente familiar: la confirmada sospecha de que el poder cambia de discurso mucho más rápido que de costumbres.
La diferencia entre la Carmen antigua y la Sonsoles contemporánea es solo estética. La primera exhibía collares de perlas; hoy el lujo se disfraza de agenda institucional, de foro internacional, de sostenibilidad, de networking y de palabras en inglés que sirven para que nadie entienda exactamente quién manda, pero todos sepan quién entra primero. El poder genera una atmósfera donde las puertas se abren solas, los teléfonos se contestan más rápido y la casualidad siempre acaba beneficiando a los mismos, incluso a los que aseguraban que “ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”. ¿Era así o he intercambiado los adverbios?
Antes se besaba la mano. Ahora las nuevas élites se presentan como cercanas, sociales y austeras, aguantan achuchones y besos con aromas de halitosis mientras orbitan alrededor de petroleras, embajadas y centros de decisión capaces de producir joyas suficientes para montar una sucursal de Tiffany.
Lo fascinante es la evolución del discurso. Doña Carmen jamás habría fingido modestia. En aquella época el poder no pedía perdón por existir; desfilaba orgulloso. Hoy, en cambio, la nueva aristocracia política necesita proclamarse humilde mientras abusa del Falcon emocional, se apropia de propiedad intelectual ajena y atiborra las cajas de seguridad con piedras preciosas de muy dudosa procedencia. Ya no basta con tener influencia, hay que tenerla explicando que se usa para luchar contra los privilegios. Es, diríamos, el lujo con conciencia social: el collar ético y progresista, no el casposo de la dictadura.
España continúa asistiendo al espectáculo con su tradicional mezcla de indignación y costumbre. Cambian los gobiernos, cambian los eslóganes, cambian las chaquetas, pero siempre acaba reapareciendo el viejo brillo nacional: el reflejo de las joyas cerca del poder.
Ya lo
confesó Manu Sánchez, el cómico nazareno, a El Follonero de la
televisión, sin aparente sonrojo: “Yo creo en un socialismo de yate y de chalet”,
así, en presente de indicativo… y premiado a resultas de tan ilustre proverbio
con un joyero en forma de exitoso programa de las 625 líneas de RTVE o, al
menos, eso se augura.
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